LOS RECUERDOS DE ENRIQUE (parte II)

Enrique Lifschitz Los Recuerdos de Enrique

Por Mariana Lifschitz.

Comenzamos a publicar “Los recuerdos de Enrique” en la edición pasada de Vínculos Vecinales (Noviembre 2017). Aquí va la segunda entrega de su relato, palabras que surgen de una entrevista que le hice en el 2008, una tarde de domingo. Allí mi papá nos contó retazos de su vida, desde su infancia en Floresta en el seno de una familia judía hasta su largo e intenso recorrido laboral atravesado siempre por su participación social, no menos intensa.

La presente entrega está a tono con el contenido de esta edición. Ya que este número está dedicado en gran medida a los clubes del barrio, decidí tomar de “Los recuerdos de Enrique” la parte en que vuelve a sus diecinueve años. Con la energía arrolladora de esa edad, un chico ambicioso y apasionado, hacía lo que suelen hacen los jóvenes de todas las épocas de su condición social: trabajaba mucho y en el tiempo libre se juntaba con amigos. Sólo que cada época tiene sus trabajos y sus modos de compartir con amigos. Aquí Enrique nos cuenta cómo era en 1950, cuando unirse para formar un club, era moneda corriente entre los jóvenes.

Habla Enrique:

“En ese momento el trabajo más interesante era trabajar de tejedor en los telares. Era la primera época de Perón y la industria textil estaba en su apogeo en Villa Lynch. Yo tenía un gran amigo que también se llamaba Enrique, Enrique Barcán, y los dos entramos a trabajar de tejedores. Pero en aquel tiempo había que laburar gratis unos cuantos meses para que te enseñen el oficio, y nosotros lo hicimos. Después trabajaba 12 horas, una semana lo hacía de seis de la mañana a seis de la tarde y a la semana siguiente de seis de la tarde a seis de la mañana. Y ganaba mucha plata.

Mi hermano, que había terminado de estudiar mecánica en la ORT, estaba haciendo el servicio militar. Como yo ganaba bien, pensando en independizarnos y pensando en el oficio de mi hermano había comprado un torno en cuotas, que lo tenía parado en mi pieza, mientras pagaba 780 $ por mes… Y en eso el dueño de donde yo trabajaba de tejedor dejó el local donde estaba instalado para mudarse a otro lado y yo se lo alquilé. Mi hermano terminó el Servicio Militar y ahí empezamos. Pusimos el tornito, después compramos otro y otro más. Fabricábamos repuestos para motores.
Yo laburaba mucho pero los fines de semana la pasábamos en grupo. A mi amigo Enrique lo había conocido en un club de la colectividad, era un club sionista. Yo fui porque había una piba que me gustaba. La ideología del club era de derecha, entonces yo discutía mucho y Enrique me apoyaba, así fue que nos hicimos amigos. Un día entre los dos pintamos un mural en el mismo club criticando sus posiciones, por supuesto que nos expulsaron a los dos.

Entonces creamos un club sin sede que se llamó Juventud Unida, yo era el vicepresidente. Había judíos y no judíos pero la mayoría eran judíos. En ese club hacíamos asaltos -eran bailes que les llamábamos asaltos- un día en la casa de uno, otro día en la casa de otro, organizábamos conferencias, había uno que tocaba el piano y hacía conciertos, o íbamos a Palermo todos juntos y éramos entre todos una barra enorme que nos paraba la policía pensando que era una manifestación…

Después yo empecé a participar en un club que estaba en Emilio Lamarca y Remedios Escalada de San Martín, era el club Combinados. Originalmente había sido fundado por los obreros de la fábrica de cigarrillos Particulares, que estaba cerca del barrio (Combinados era también una de las marcas de cigarrillos). Yo empiezo a desarrollar ahí actividades culturales, que no existían: traigo obras de teatro, traigo conferencistas, también organizábamos bailes con orquestas que venían a tocar en vivo…

Una vez que Pugliese estaba preso, trajimos a su orquesta. La orquesta trajo el piano de Pugliese, pero nadie lo tocaba. El piano estaba mudo con una rosa roja apoyada sobre él. El concierto lo presentaba El Negro Mela, que era un personaje famoso que acompañaba siempre a Pugliese, presentando sus conciertos. Yo había escrito una poesía, “El tango está preso” se llamaba, y el Negro Mela comenzó su presentación leyendo mi poesía.”

CONTINUARÁ…

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