Hilda, la enfermera

De los viajes en trolebus a las inyecciones de penicilina. De lavar pañales a manejar un Falcon. Del marido militar a las peñas en el club. Aquí la historia de Hilda Coronel de Trejo, la enfermera de Villa Santa Rita.

“En medio de la noche sonaba el teléfono, después se escuchaba el portón abriéndose y el motor del auto que arrancaba. Nosotras ya sabíamos que era mamá que se iba a dar una inyección”, recuerda María Celia. La versión de Hilda no difiere de la de su hija: “Teníamos un Falcon y yo salía solita. Mi marido dormía y yo despacito sacaba el coche. Me iba a dar inyecciones en la madrugada”.

“Teníamos un Falcon y yo salía solita. Mi marido dormía y yo despacito sacaba el coche. Me iba a dar inyecciones en la madrugada”.

En Villa Santa Rita toda la vida

“Yo nací en esta casa. Hace 89 años que vivo acá”, dice Hilda, a modo de presentación. No importa que le haya tocado vivir en un siglo de cambios vertiginosos. Su vida transcurrió, transcurre, por el andarivel de la permanencia. Ella le encuentra una explicación religiosa: “Dios nos da a cada uno algo para que uno se afinque en eso, y yo estoy muy agradecida porque a mí me puso en este camino de cuidar enfermos, de darles una palabra de aliento.”

Dice que su historia comienza con una anécdota de los 12 años, que la puso en jaque. Terminaba sexto grado (el último de la primaria en aquella época) y la maestra le dijo a su mamá que no la mandara al secundario porque Hilda no servía para estudiar. “Pero a mí me gustaba mucho la escuela, yo no faltaba nunca, no sé por qué la maestra le dijo eso a mi mamá”, pareciera que ese interrogante la hubiera acompañado toda la vida. “Mi historia empieza ahí, porque mi mamá le hizo caso”.

Las amigas habían empezado a cursar la escuela profesional, donde aprendían “historia, geografía y además les enseñaban a cocinar, a bordar, a coser”, enumera Hilda. Y ella también quería ir. Finalmente logró que la anotaran. Temprano a la mañana caminaba por Concordia hasta Juan B. Justo y en el cruce de la avenida con Tres Arroyos esperaba el trolebús. Viajaba hasta Lacarra, donde quedaba el colegio. “Eran tres años que había que cursar. De ahí salí con nueve puntos, y me llevaron de abanderada al Congreso. Así que la maestra de sexto se equivocó conmigo. No sé por qué dijo eso”, vuelve a preguntarse.

Corría la década del 50. “Perón había abierto una escuela de enfermería para que todo el mundo que quisiera ser enfermera fuera a estudiar, y yo me anoté enseguida”, cuenta. Su madre era partera y había trabajado durante años en el hospital Piñeriro y en la maternidad Sardá. El mundo de la salud le resultaba cercano a la Hilda veinteañera.

“Perón había abierto una escuela de enfermería para que todo el mundo que quisiera ser enfermera fuera a estudiar, y yo me anoté enseguida”

“Hice el curso en el Hospital Rivadavia y ahí también me recibí con nueve puntos”. El ambiente de medicina le gustó tanto, dice, que cuando terminó enfermería siguió estudiando para instrumentadora quirúrgica.

La enfermera y su maletín

Mientras se formaba como instrumentadora, Hilda ya había comenzado a trabajar en el barrio: aplicaba inyecciones, hacía nebulizaciones, colocaba sondas vesicales. “Cuando salió la penicilina, el antibiótico se daba siempre cada ocho horas, entonces iba a la casa de los pacientes tres veces por día: a las ocho, a las cuatro de la tarde y a la medianoche.”

Mientras se formaba como instrumentadora, Hilda ya había comenzado a trabajar en el barrio: aplicaba inyecciones, hacía nebulizaciones, colocaba sondas vesicales.

“Antes de tener el coche hacía mi recorrido caminando y tengo una anécdota linda”, dice Hilda, sonriendo mientras cuenta. “Había un perrito que se acostumbró a seguirme. Yo iba por Beláustegui, por Cuenca, por César Díaz, iba con mi maletín y él venía detrás. Yo entraba a las casas y él me esperaba en la puerta. Nunca supe de dónde era. Me acompañaba todos los días.”

La joven Hilda estaba de novia con un muchacho que no le gustaba a su mamá, por eso noviaron muchos años, hasta que finalmente se casaron. “Mi esposo era militar, suboficial mayor del ejército”, dice Hilda, y su hija María Celia cuenta: “Mi papá fue un chico de la calle. Mi abuela se había quedado sola con dos varones y se vino con ellos a Buenos Aires desde Córdoba. Mi papá desde muy chico salía a vender lo que sea, podía vender naranjas o vender diarios. Y entró en la carrera militar por necesidad, para tener un sueldo. Él nos contaba que en el colegio militar conoció por primera vez las sábanas”.

Más adelante María Celia hablará sobre el sentimiento de amor a la patria que impulsaba a su padre y la desazón cuando vio venir el golpe de Estado. “Él justito se fue, él siempre decía ¨tuve un ángel que me dijo rajá de acᨔ. Su padre se acogió a una cláusula llamada “artículo 52” que les permitía a los militares jubilarse antes de tiempo y seguir trabajando en tareas administrativas. “Él tenía miedo, él sabía qué estaban haciendo. Mi abuelo tenía libros de Evita, de Perón, me había enseñado a silbar la marcha peronista y mi papá le decía ¨no silbe la marcha peronista y guarde los libros porque si no, sonamos¨”

“Tuvimos un matrimonio buenísimo”, regresa Hilda a los buenos recuerdos y cuenta que muchas veces su marido iba con ella en sus recorridas. En su tiempo libre la acompañaba, juntos planificaban el mapa de las visitas del día y salían con el auto. “Era re compañero”, destaca la hija, “él con ella, todo”, sintetiza en esas cuatro palabras la entrega amorosa que veía en su padre.

Al ritmo de la chacarera

Hubo una época en que, si no estaba de recorrida, Hilda calentaba mamaderas y lavaba pañales. “Seis años lavé pañales yo, dos por cada hija”, recuerda. Y hubo otra época, con las hijas ya grandes, en que decidió darle lugar al disfrute. Se anotó en un curso de folclore en la escuela Manuel Peña, de Segurola y Belaustegui, donde en horario vespertino hay cursos y talleres para adultos. Allí aprendió a bailar y al tiempo se sumó al grupo de folclore del club Imperio Juniors. “Los viernes a la noche me iba al club, iba sola porque a mi marido no le gustaba bailar.” Hilda con el auto salía a todos lados, “yo manejando siempre, siempre con mis amigos”. “Y hasta no hace tanto yo iba, pero ahora ya una está más grande, ya nos duelen los huesitos”, dice y se ríe.

Hubo una época en que, si no estaba de recorrida, Hilda calentaba mamaderas y lavaba pañales. Y hubo otra época, con las hijas ya grandes, en que decidió darle lugar al disfrute:  se sumó al grupo de folclore del club Imperio Juniors.

Muchas veces era la casa de la enfermera la que abría las puertas a la peña. Eso pasó una noche en que en el club Imperio se cortó la luz. Hilda invitó a todos a seguir el festejo en su casa. Bailarines y músicos coparon el patio. “Mi papá estaba acostado”, María Celia recuerda la anécdota. “Él era más tosco, era serio, mi mamá era la anfitriona. Pero esa noche él se levantó y no sé cómo terminó tocando la guitarra con otros dos que estaban ahí; él bailar no bailaba, pero con la guitarra se mandaba unos punteos bárbaros”.

Hilda junto a sus tres hijas, en el patio de su casa de Villa Santa Rita.

Presente

Las tres hijas tienen ocupaciones relacionados con la salud: la mayor es obstetra, la más chica trabaja en un laboratorio farmacológico y la del medio, María Celia, es parte de la Fundación Huesped. Durante diez años fue voluntaria ad honorem, acompañando a pacientes y familiares. Reconoce que “esto de la contención no es casual, es lo que vi hacer a mi mamá toda la vida.”

Hilda, la mujer que era conocida en el barrio por andar siempre con el maletín en mano, a poco de cumplir 90 sigue atendiendo a viejos vecinos en su casa. “Todavía doy inyecciones a personas que vienen con receta. Y no cobro, es a voluntad”, aclara, “lo hago porque quiero ayudar a la gente.” ♦

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