Homenaje a Enrique Lifschitz (por Fernando Alonso)

A Enrique lo conocí por el 2007 en el Centro de Educación No Formal que funciona en la Escuela 23, “La Portugal”. Yo dictaba dos talleres, uno de Escritura Creativa y otro de Dramaturgia. Al mejor estilo “cursada de universidad pública”, el señor de zapatillas blancas y andar ágil, irrumpía en mis clases y, con […]

Enrique Lifschitz Notas Homenaje

A Enrique lo conocí por el 2007 en el Centro de Educación No Formal que funciona en la Escuela 23, “La Portugal”.

Yo dictaba dos talleres, uno de Escritura Creativa y otro de Dramaturgia. Al mejor estilo “cursada de universidad pública”, el señor de zapatillas blancas y andar ágil, irrumpía en mis clases y, con más ansiedad que años, pedía permiso y repartía el periódico; luego salía del aula con una sonrisa de primera plana. No recuerdo en qué año fue que sucedió lo increíble. Enrique entró al aula, repartió el periódico y se sentó en el tercer banco. Lo miré, me miró, arqueé las cejas y sonrió al tiempo que decía “este año lo hago profe, me anoté en el taller”. Fue una hermosa sorpresa ya que todos conocían a Enrique, era un referente del barrio, hacía un periódico y su “visión periodística” iba a ser un buen aporte al resto del grupo.

Si tengo que ser sincero voy a comparar la cursada de Enrique con una frase de Gruocho “estos son mis principios… si no le gustan tengo otros”, traduzco: Enrique tenía el arte de asegurar que respetaba las consignas dadas pero la verdad es que siempre escribía “lo que se le cantaba” y el papel de “alumno rebelde” lo pintaba de lleno. Se imaginarán que, lejos de enojarme, me causaba mucha gracias y asombro ver cómo “acomodaba los tantos” para salirse con la suya. El resto del grupo recibía con agrado todas y cada una de sus muestras semanales.

Obviamente largó el taller antes de fin de año y al respecto tengo dos teorías: Una, se aburría un poco y la segunda, la más factible: su espíritu libre le impedía estar sujeto, incluso, a un taller que buscaba indagar sobre la creatividad de cada uno. Pasaron un par de años y el vínculo con Enrique había crecido de modo tal que a veces pasaba a “repartir” y se quedaba un rato en las clases, siempre con el aporte de “actualidad” necesario, cantaría Silvio: “la palabra precisa, la sonrisa perfecta”. Compartimos también una coherencia política atípica en los tiempos que corren si de un hombre de prensa se trata.

Un año después entró al curso, repartió el periódico y me dijo: “Profe, me tomé el atrevimiento de publicarte el “San Viernes” (los días Viernes yo publicaba en mi cuenta de Facebook algún poema, pensamiento o micro relato y el remate era San Viernes”) gesto que agradecí profundamente y que se repitió un par de veces más. El año 2015 fue mi despedida como profe, decidí mantener sólo mi cargo de Director de Escuela Primaria, 12 horas diarias después de 26 años pesan, pero el contacto con Enrique siguió por las redes sociales. Enterarme que Enrique partió fue un golpe duro, la humanidad anda escaza de espíritus nobles. También fue duro tener que dar aviso a algunos de sus compañeros de taller con los que mantengo contacto.

Como suele sucederme en estos casos y, a partir de la pérdida de mi hermano en la Tragedia de Once, decido celebrar más la vida, haber conocido y compartido con Enrique tantos años, que ensañarme con la muerte. A sus hijos, a sus nietos y a toda esa familia hermosa que supo formar, mi abrazo sentido y el agradecimiento de invitar a estas palabras, que son latidos, que son vida. 

(Fernando D. Alonso es docente de Escuela Pública)

 

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