Guillermo Folguera. Una charla sobre extractivismo y un llamado: «¡Involucrémonos!»

Sentir curiosidad por la naturaleza y preocuparse por la condición humana son dos constantes en la vida de Guillermo Folguera. En días en que corre riesgo el agua potable de media Argentina, Vínculos Vecinales recurrió a su saber y predisposición al diálogo para entrarle al problema.

El día en que escribo esta nota mi entrevistado está frente al Congreso, junto a miles. Alrededor suyo, en las pancartas se multiplican dibujos de gotas de agua e imágenes de glaciares, acompañados de frases como “sin agua no hay vida”. Sobre el monumento, activistas colgaron una bandera cuyas grandes letras dicen: “Diputados, no traicionen a los argentinos”.

Guillermo Folguera fue uno de los convocantes a la protesta en oposición al “vaciamiento” de la Ley de Glaciares, ley que protegía a estos reservorios de agua dulce de la explotación minera. Se trata de una modificación legislativa que, me dijo Guillermo, el lobby minero venía promoviendo hace rato.

Días atrás nos tomamos un café frente a la plaza de Pappo. Hizo una parada después de dejar a su hija menor en la escuela, antes de ir a una charla en la Facultad de Agronomía, para conversar con Vínculos Vecinales. Esta zona de la ciudad fue desde siempre su territorio cotidiano (disfruta las calles, ciertos bares, salir a correr, cuidar su huerta en la vereda). Decir “territorio” no es al azar hablando de él, que viajó desde Tierra del Fuego hasta la Puna encontrándose con las comunidades locales y sus problemas vitales.

Guillermo es biólogo y filósofo, es investigador y militante ambiental. Se doctoró en “Ecología evolutiva vinculada con la crisis climática” y es profesor de “Historia de la Ciencia” (en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA) y de “Problemáticas Socioambientales”, “un curso que damos en varios lugares del país”, dice el especialista.

Hace más de una década que a donde vaya Guillermo lleva a la biología, la filosofía, la militancia y la docencia, todo en la misma mochila. Un conjunto de saberes y vivencias que amalgaman en él desde que se acercó al grupo de reflexión rural “Ciencias, ambientes y territorios” cuando comenzaba la expansión de la soja transgénica, a principios de siglo.

🎬 Un diálogo de Catalejo con el biólogo, docente e investigador del CONICET  @guillefolguera. ✅ Un intercambio incisivo sobre la aprobación de la reforma de la Ley de Glaciares, la dictadura minera, la entrega de los bienes comunes y la corpocracia que maneja los hilos del país.

Agronegocio o agroecología

¿Cómo fue oponerse al cultivo de soja transgénica durante el período de los gobiernos kirchneristas, un espacio político que se precia de ser “nacional y popular”?

— En estos temas no lo era. Nuestra crítica tenía que ver con que la agricultura transgénica era una manera de expandirse de las corporaciones, como de hecho pasó; una manera de concentrar la propiedad y el uso de la tierra, como de hecho pasó; que iba a aumentar la cantidad y la variedad de veneno en el campo, como de hecho pasó; que iban a perder los pequeños productores, como de hecho pasó. La respuesta que nos daban fue cambiando. Al comienzo del kirchnerismo fue: “Es la manera que tenemos de que entren dólares”. Después, toda la conversación se centró en la llamada “crisis del campo” en torno a las llamadas retenciones, pero nunca en cuestionar el modelo. Incluso hoy, muchas de las voces críticas a la modificación de la ley de glaciares vienen de personas que apoyan el agronegocio. Hay una especie de disociación, de no verlos como parte del mismo problema.

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¿Y qué es lo que ustedes proponen?

— Otra manera de producir que básicamente tiene que ver con la agroecología.

Hay quienes dicen que la agroecología no sirve para producir la cantidad de alimentos necesaria para toda la población mundial actual.

— Efectivamente es un argumento que nos suelen plantear. Llama mucho la atención, porque si hay algo que no caracteriza a este modelo es que coman todos. Respecto al volumen de producción que se da en la agroecología, no es correcta esa crítica. Está demostrado que la diversidad y la cantidad de producción podría perfectamente responder a la demanda. Pero aún así se necesitará una transición porque, entre otras cosas, los suelos están devastados. Cada temporada la cantidad de químicos que le tienen que tirar es mayor (ya no solo herbicidas, fungicidas, antibióticos, también fertilizantes químicos). Y el rinde, esto está siendo reconocido, está disminuyendo temporada tras temporada. A esa tierra hay que regenerarla con abonos, con bacterias, con hongos, con diferentes tipos de materiales orgánicos e inorgánicos que le devuelvan el carácter de ecosistema. Hay como una trampa: si querés comer sano hoy tenés que contar con más tiempo y más dinero. Para que eso cambie la producción agroecológica tiene que ser mayoritaria, invertir su carácter exclusivo justamente.

Los cinco pasos del extractivismo

Hace unos años, la Asamblea de Fiambalá, en Catamarca, invitó a Guillermo para que fuera a ver lo que estaba haciendo la empresa china Li-Zijin Liex con la producción de litio. A partir de entonces, su estudio se focalizó en esta explotación minera. “Cuando entras en contacto con distintas corporaciones y multinacionales te das cuenta de que en todas partes hacen lo mismo”, asegura.

¿Qué es lo que hacen?

Ocupan el territorio, consumen una enorme cantidad de agua, contaminan con químicos, degradan la matriz productiva y expulsan a las comunidades locales. Esos cinco pasos se cumplen en cada lugar.

Guillermo viaja por todo el país, acompañado en su investigación por Carla Whichmann, una activista ambiental de Tierra del Fuego. Buscan “entender, sistematizar y después ofrecerle las investigaciones a las comunidades”. El científico reconoce que “son fenómenos complejos, donde la información circula de una manera muy errática y oscura.”

Te traigo una crítica que suele hacerse a quienes cuestionan la explotación minera: “¿Qué querés, que los países no crezcan, que dejemos de andar en auto, de usar celulares?” ¿Qué respuesta das a este planteo?

— Decir “vos estás en contra de la minería pero usás celular” es no comprender la maquinaria en juego. Hay varias cosas para responder. Las llamadas commodities, que se exportan con bajo o nulo valor agregado, ninguna genera enriquecimiento al pueblo argentino. Además, nosotros no consumimos esas cosas. En el caso del litio, el 70 u 80% que Argentina exporta va a autos eléctricos de alta gama europeos. Argentina no tiene casi autos eléctricos (ni podría tenerlos porque el nivel de consumo eléctrico implicaría cambiar la escala). Y una tercera cuestión: todos esos commodities tienen atrás negocios financieros que traccionan los precios. Y si aún quiero analizar el celular hay que discutir algunas otras cosas, por ejemplo, la obsolescencia programada: este celular que tengo en la mano está pensado para durar tres años, se suelen romper primero piezas plásticas porque esa es la estrategia. La realidad es que con el modelo extractivista Argentina está teniendo, además de enfermedades y efectos ambientales, violencias locales. Pero claro, se puede caer más abajo. Ejemplos muy claro de eso hay en África, Colombia, México y una parte de Brasil. Todavía la situación se puede agravar.

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Cuando no haya más agua en las ciudades

¿Te sienta bien la denominación de “ambientalista”?

— Yo me considero parte del movimiento socioambiental. Creo que está cambiando esa idea que tilda al ambientalismo de “jardinería”. El ambientalismo tiene que ver con cuidar la naturaleza como un bien en sí mismo, pero también tiene que ver con la equidad social, con las formas de producción. El gran desafío, hablándole ahora a las personas que están leyendo, es: ¿qué nos pasa en las ciudades con todo esto? Cuando uno tiene 93% de la población viviendo en grandes ciudades, si no nos involucramos los habitantes de las ciudades vamos a perder el país. Y cuando perdamos el país obviamente afectará a las grandes ciudades. Digo, si deja de haber agua deja de haber electricidad, deja de haber alimento, deja de haber la posibilidad de vida.

¿Y cuál es la propuesta? ¿Cual es el camino para que empiece a rodar hacia otro lado la historia?

—Involucrarnos. Hagamos lo que nos nace. Si nos nace cuidar los árboles, cuidémos los árboles. Si nos nace, como en tu caso, armar otro tipo de medio de comunicación, hagamos eso. Si nos nace cuidar a las personas que están en situación de calle, hagámoslo, o si nos nace proteger a los glaciares también, será eso, pero ¡involucrémonos! No tenemos certeza de como salir de esto, lo que sabemos es que este proyecto individualista es muy funcional al despojo que estamos viviendo.


Guillermo Folguera es autor de los libros «La ciencia sin freno«, «Ontología del despojo» y coautor de «Veneno«.

Instagram: @guillefolguera

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