Donde ancla la identidad

Blanca Strepponi volvió a Buenos Aires después de 35 años. En 1976 se fue a Venezuela una joven de 23 y en 2011 se repatrió una experimentada diseñadora gráfica, editora de libros y revistas, que se instaló con su hija en Villa General Mitre. Desde entonces, no paró de hacer cosas con su oficio, su arte y su barrio.

Blanca Strepponi volvió a Buenos Aires después de 35 años. En 1976 se fue a Venezuela una joven de 23 y en 2011 se repatrió una experimentada diseñadora gráfica, editora de libros y revistas, que se instaló con su hija en Villa General Mitre. Desde entonces, no paró de hacer cosas con su oficio, su arte y su barrio.

Donde ancla la identidad

Blanca Strepponi volvió a Buenos Aires después de 35 años. En 1976 se fue a Venezuela una joven de 23 y en 2011 se repatrió una experimentada diseñadora gráfica, editora de libros y revistas, que se instaló con su hija en Villa General Mitre. Desde entonces, no paró de hacer cosas con su oficio, su arte y su barrio.

¿En qué elementos, materiales e inmateriales, ancla la identidad de una comunidad? Quienes son trabajadores de la cultura probablemente vivan buscando esos elementos y su oficio tal vez se trate de saber cómo cosechar los frutos de ese árbol para después compartirlos. Tal vez eso es lo que hace Blanca.

De vuelta en Buenos Aires

“Cuando empecé mi nueva vida en Argentina, buscando qué hacer apareció la fotografía. Me anoté en distintos talleres y me compré una cámara réflex digital, que es como una pequeña computadora que tuve que aprender a usar. También tuve que aprender la edición, el revelado digital en programas como Lightroom”, cuenta Blanca el encanto de ese momento y adelanta el futuro desencanto: “después me alejé de la fotografía, porque no quiero estar tanto tiempo frente a la computadora”.

A poco de llegar al barrio, con su nuevo conocimiento y su nueva cámara salió a las calles. “Se me ocurrió hablar con los vecinos y preguntarles cómo se imaginaban que iba a ser su trabajo en 50 años. Lo puse muy adelante para que pudieran salir de su experiencia personal». Blanca entrevistaba y fotografiaba.

– ¿Qué respuestas recibiste?

– Uno me dijo que él era de Misiones, donde muchas personas se dedicaban a talar madera en aserraderos, que después llevaron unas máquinas y en vez de trabajar doscientos trabajaban diez, y que él creía que eso iba a seguir pasando. El cartero me dijo “mi trabajo no va a existir en 50 años”, tiene toda la razón.

El cartero / Foto: Blanca Strepponi.

«Hay un señor aquí que tiene un negocio de maniquíes. Él dijo que eso no va a existir, que serán reemplazados por hologramas. La señora Mónica, la kiosquera, ella me dijo que su trabajo iba a seguir funcionando, “porque a la gente no le importaba nada con tal de fumar y hacer cosas que no le convenían a nadie”.

La señora Mónica / Foto: Blanca Strepponi

Aquí a dos cuadras había una funeraria. Yo hablé con el señor y me dijo que las pompas fúnebres ya desaparecieron porque ahora los hijos no quieren hacer nada, que la gente elije la cremación. En cambio, la señora Margarita que tenía una mercería justo enfrente de mi casa, una señora muy querida en el barrio, ella me dijo algo que también lo dicen curadores de arte. Me dijo “mira, esto se va a conservar porque a la gente le gusta mucho hacer cosas con las manos. Y van a buscar un equilibrio con la tecnología”. Eso mismo con otras palabras me dijo una amiga que fue directora del Malba».

La señora Margarita / Foto: Blanca Strepponi

Todo esto Blanca me lo contó una mañana mientras tomábamos algo fresco en El Balón, el bar de Gaona y Bolivia donde en 2023 expuso una selección de esa serie de fotos. “Siempre pensé que éste era el lugar para mostrarlas porque todos los retratados están en un radio de cinco cuadras”, me dijo.

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Para montar las fotos tuvo que probar, una tras otra, diversas marcas de cinta bifaz hasta dar con una que sostuviera el peso del papel contra la pared azulejada. Luego de la inauguración el acuerdo era que las dejaría colgadas dos semanas, pero los dueños del Balón le pidieron que no se las lleve.

“Ellos me dijeron que venían vecinos a protestar porque no habían sido fotografiados”, cuenta Blanca con una sonrisa. “Las dejé hasta que se empezaron a caer. Fue bonito que a la gente le gustara”. Como recuerdo, todavía puede verse la foto del Señor Lino, el fundador del Balón, que falleció hace muy poco con más de noventa años.

La foto que Blanca le tomó al señor Lino todavía puede verse sobre los azulejos de «El balón». 

– ¿Y vos cómo imaginás que va a ser tu trabajo dentro de 50 años?

– La edición, como todos los trabajos de producción de contenidos, está muy amenazada por la inteligencia artificial. Y en cuanto al libro como objeto yo tengo una posición un poco controversial: a mí me parece que solo deberían seguir existiendo los libros para niños, los libros de arte y los de poesía. Todo lo demás puede ser digital, a menos que la edición impresa sea por demanda. Las grandes editoriales se mantienen a un costo ecológico muy grande porque ellos al cabo de un año todo lo que no se vendió lo retiran y mucho va destrucción. Llenar esos galpones de libros que después los tienes que destruir es muy costoso.
Pero en el caso de los libros para niños, ahí hay tanta experimentación con las artes visuales, con los textos, con el tipo de papel, para los chicos el libro es también una experiencia sensorial, entonces me parece que ahí sí tiene mucho sentido conservarlos en papel. Y en cuanto a la poesía es muy difícil leerla en una pantalla, pero además de poesía se hacen poquitos libros. Y el libro de arte, me parece que obvio que necesitas el papel para referirte a imágenes. Pero todo lo demás, narrativa, publicaciones científicas, cada vez se usará menos el papel, me parece que en 50 años todo el mundo va a tener dispositivos para leer.

Arte analógico

Cuando Blanca ingresó en la industria editorial casi todo el proceso de producción era manual. “Los libros se montaban. Te entregaban unas tiras de papel con el texto, que se llamaban galeras. El montador trabajaba en una mesa con un vidrio y una luz por debajo, donde cortaba y pegaba. Los títulos, que tenían letras más grandes, no se podían escribir a máquina, entonces tenías que hacer letra por letra con las planchas de ¨Letraset¨. Cuando llegaron las computadoras todo eso se terminó.”

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Muchos años después, la pandemia le dio a Blanca una oportunidad de volver a cortar y pegar. La cuarentena la agarró de visita en Nueva York, en casa de un amigo, y allí se quedó más de dos meses.

Pensando cómo ocupar el tiempo se le ocurrió hacer collages. “Ahí lo que sobra son revistas. Las agarraba de la calle, las agarraba de los sótanos de los edificios: donde están los lavarropas siempre hay revistas”. “Después nunca más paré”, dice Blanca, que hoy almacena en su casa una superproducción de collages cuyas temáticas y técnicas fue variando, siempre utilizando como materia prima elementos reciclados.

“Hice collages de superhéroes, de tarot, de la lotería mexicana, de dioses de la mitología, de películas.” Tal como reflexionó la señora de la mercería, a Blanca le encanta “hacer algo con las manos”. Cuando termina sus obras les toma una foto y las sube a su Instagram: @lilistrepponi. También participó de exposiciones organizadas por la Sociedad Argentina del Collage, un colectivo de artistas aficionados como ella a este atípico arte.

Barrios creativos

Recorrer las calles con una cámara y una pregunta tuvo  en la vida de Blanca un capítulo 2. En el 2019, gracias a un premio del gobierno de la ciudad llamado “Barrios Creativos”, un grupo de vecinos crearon un mapa que buscaba visibilizar a las instituciones culturales de Villa General Mitre y Villa Santa Rita.

“Para hacer el mapa caminé buscando centros de jubilados, centros culturales, clubes de barrio, instituciones religiosas, artísticas. Cuando estábamos haciendo ese censo cultural a mi amigo Fede Howard (vecino y gestor cultural) se le ocurrió retomar la idea de mi trabajo anterior pero esta vez preguntarle a la gente cómo le gustaría que fuera el barrio dentro de 50 años. Así surgió la segunda serie de fotos.”

– ¿Y a vos cómo te gustaría que sea el barrio dentro de 50 años?

– Me gustaría que fuera más o menos como es ahora, pero con más árboles. En Villa General Mitre la población está muy mezclada. Hay coreanos, hay bolivianos, tenemos muchos judíos ortodoxos porque está la sinagoga enfrente de mi casa. Es muy variado cultural y socialmente, eso a mí me gusta. No quisiera que la parte comercial de Avellaneda, que está avanzando hacia aquí, avance demasiado, porque va a haber muchos depósitos textiles y será menos residencial. Eso va a empobrecer el barrio. Pero bueno, la vida de las ciudades está fuera del control de uno, realmente. ♦


Blanca Strepponi
Instagram: @lilistrepponi

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