La escultora de Floresta (parte I)

Diálogo con María Claudia Martínez ¿Fueron alguna vez a la plaza que está en Gaona y Gualeguaychú? La que está al lado del Corralón de Floresta. Si no anduvieron por allí en el último tiempo, los invito a que lo hagan. Se van a encontrar con una escultura imponente, de hierro, que pone la piel […]

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Diálogo con María Claudia Martínez

¿Fueron alguna vez a la plaza que está en Gaona y Gualeguaychú? La que está al lado del Corralón de Floresta. Si no anduvieron por allí en el último tiempo, los invito a que lo hagan. Se van a encontrar con una escultura imponente, de hierro, que pone la piel de gallina. La autora es María Claudia Martínez y representa a los tres pibes de Floresta que fueron asesinados por el policía Juan De Dios Velaztiqui en el bar de una estación de servicio el 29 de diciembre del 2001.
Ahora María Claudia tiene entre manos otra obra destinada al barrio. Se llama “Mujeres de Floresta”. Son ocho esculturas hechas en cemento que representan a ocho mujeres “arquetípicas”, dice su autora. Su destino será la Plaza Monte Castro.
Los escultores necesitan espacios grandes, techos altos, mucha luz. Así es la casa donde vive María Claudia y allí nos recibió para esta entrevista. Una tarde calurosa de febrero, con el sol iluminando su obra exhibida en el patio, nosotras nos sentamos bajo la galería y conversamos.
Esta nota la publicaremos dividida en dos partes, ya que tan rico y tanto fue lo que hablamos que no cabe en un solo periódico. Va la primer entrega en esta edición de Vínculos y queda pendiente la segunda para el periódico de abril.

¿Cómo surgió la idea de hacer la serie de esculturas “Mujeres de Floresta”?

Cuando hace muchos años empecé mi carrera artística trabajaba con lo que se llama “modelo vivo”. Eso sería como el abc del artista plástico, un modelo que posa para uno. Muchos años después, más o menos en el 2014, sentí que en vez de tomar a una modelo profesional, con las medidas armónicas según las reglas básicas del arte, tenía la necesidad de representar a modelos que fueran personas de mi ámbito y que a mí me conmuevan.

Me di cuenta que mi propio mundo está en el barrio de Floresta, que es el barrio donde yo tengo obra hecha, donde me involucré cuando hice el monumento de los pibes de Floresta. Me involucré no solamente con la obra artística sino con el hecho mismo y todo lo que desencadenó culturalmente ese hecho, que marcó un antes y un después en mi vida artística. Fue por eso que elegí a las mujeres de Floresta. Quería testimoniar una época que me toca vivir a mí y a estas ocho mujeres, que serían como ocho arquetipos de lucha con las cuales yo me siento identificada. Reconocerlas cuando ellas están transcurriendo esta historia y están haciendo tantas cosas por el barrio. Hago un recorte de cómo la mujer, desde su ternura, desde su fortaleza, reivindica derechos para la comunidad.

¿Cómo fue el proceso de realización de las esculturas?

El proceso fue tal cual como si a mí me encargaran un monumento de una persona famosa a la que hay que homenajear. Primero hay que estudiar el rostro, sus movimientos. Por ejemplo, yo tuve que hacer el busto de René Favaloro porque me lo encargó el Municipio de Morón, y tuve que ver videos para ver cómo gesticulaba, como movía la cara. Ver el énfasis que ponía en el discurso, qué cosas le producían más emoción o dolor o qué cosas quería reivindicar. Estudié el personaje desde videos, entonces lo modelé como si estuviera vivo, en una actitud que yo le llamo pregnante.

Como estas mujeres están vivas y son amigas, pudieron sentarse frente a mí. Primero las retraté, a veces solamente la cara, a veces la figura humana completa. Ellas no se quedaban quietas como hacen los modelos profesionales, entonces yo tenía que esforzarme por tomarlas en su mejor y más característica expresión mientras ellas hablaban y gesticulaban. Eso fue un ejercicio artístico muy interesante. En un momento dado, en décimas de segundo se producía esa magia en la que yo encontraba ese rictus o esa forma de sentarse o de pararse o de tomarse las manos que es característica de cada una y por la cual todos las reconocen. También miré muchas fotos de ellas, miraba sus actitudes, las posiciones, un mentón más levantado, cuestiones corporales que hacen a la personalidad, buscando la expresión de cuando ellas están en el mejor momento de su decir y de su hacer. Lo que yo quería lograr con mi obra es que la actitud sea como que están por moverse, que están por dar un paso, que pareciera que están vivas, porque al fin y al cabo ellas están vivas.

Y mientras hacía los dibujos, fui viendo cómo gestionar la obra. Y me encontré que tenía más necesidad que apoyo, que era una necesidad expresiva mía. Y decidí hacerlo aún sin financiamiento. Decidí que las iba a hacer primero en arcilla y después pasarlas a cemento, que era un material económico que a mí me permitía hacerlas con una inversión de dinero no muy grande. La arcilla es el modo en que yo pude modelar la realidad de ellas, después las moldié y las pasé a cemento que es un material que soporta la intemperie. Una vez que está con el cemento, ese molde de arcilla se pica y se pierde, por eso se llama “a forma perdida”. A veces algunos artistas en lugar de arcilla utilizan cera para hacer el molde, pero generalmente el escultor que lo hace con cera es para después fundirlo en bronce.

¿Cuál es el destino de las esculturas?

Las esculturas yo las diseñé en cemento para que pudieran ser emplazadas en la Plaza Monte Castro, que está en Mercedes y Elpidio González. Es una plaza que tiene muchos árboles, tiene juegos, tiene bancos, pero obras de arte no tiene. Además es la zona de influencia de estas mujeres. Quiero que las conozcan otras personas y que cuando los chicos de las escuelas hagan visitas guiadas a las esculturas puedan preguntar quiénes son y que podamos contarles qué hicieron, por qué están homenajeadas. Para que sean un ejemplo, que también despierten en otros esa inquietud de hacer cosas por la comunidad. En marzo del 2017, hace casi un año, presentamos una muestra de las esculturas en la Legislatura porteña. La legisladora Andrea Conde del FpV redactó la ley de emplazamiento y esa ley está por aprobarse todavía, tienen que aprobarla todos los bloques. Eso es lo que estoy esperando que suceda en marzo de este año. Yo creo que sí se va a aprobar porque es un proyecto que interesa a cualquier espacio político, porque es un bien para el barrio. Yo doné las esculturas. Después tendrá que el ejecutivo mandarme los arquitectos para ver cómo se emplaza, en qué cantero y todo eso.

¿Quiénes son estas ocho mujeres?

Yo digo que ellas son mujeres que están atravesadas por el 2001, que se conocen por esta historia que nos toca vivir en el barrio y en el país: la hecatombe económica, tener varios presidentes en una semana, haber perdido los ahorros…

Cuatro de ellas son de la Asamblea de Floresta: Las cuatro tienen una trayectoria de militancia política o social y convergen en la Asamblea impulsadas por la necesidad de unirse para lograr reivindicaciones para barrio. Son Anahí Aizpuru, Dora Grieco, Mabel Sampaolo y Dora Ecber.

Otras dos son las fundadoras de Madres del Dolor: Elvira Torres y Silvia Irigaray. Me conmueven porque de ser unas mujeres que tenían todo resuelto, el hecho de haber tenido semejante pérdida irreparable las hizo cambiar su destino y elegir uno mucho más sacrificado y quizás más solidario, que es el de ayudar a otras víctimas de gatillo fácil y no sólo de gatillo fácil, también de otras causas. Ellas se organizaron social y políticamente, sin haberlo aprendido, sin provenir de la militancia.

Otra mujer es Gabriela Alonso, una actriz de teatro callejero, con la que yo trabajé muchos años. Ella coordina el Centro Cultural Casita de la Selva, que es un espacio descentralizado del Gobierno de la Ciudad. Lo dirige con la mirada amplia de la artista y de la docente, mirada con la que yo me identifico porque también soy artista y docente. A ella decidí representarla en su rol de Laurencia, que es un personaje de Fuente Ovejuna de Lope de Vega. Laurencia es la joven pobre que pierde la virginidad a manos del comendador en la época de la edad media. Lope de Vega toma esta historia como un hecho habitual en la sociedad. Esto si bien no es igual hoy en día se corresponde con lo que reivindican las mujeres con el “Ni una menos”, porque es el abuso del poder sobre la mujer. Ella ha protagonizado esta obra de teatro en el Parque Avellaneda, en una puesta dirigida por Héctor Alvarellos (que es su marido) y ha hecho un papel extraordinario. Entonces este arquetipo que ella encarna con su personaje me pareció que era fundamental ponerlo de relieve en este conjunto de mujeres de Floresta.

Y la octava mujer es Silvia Márquez, una docente que da clases de telar en distintas villas y también en el Olimpo, el ex centro clandestino. Ella en los 70 estaba embarazada cuando desaparecen a su compañero, por su militancia. A Silvia le ocurrió lo que le ocurre a muchas mujeres que es tener que llevar adelante una maternidad sola, sin tener apoyo de ningún tipo. Además en los 70 era todo muy inseguro y ella tuvo que esconderse para tener a su hija, para que no corrieran peligro. Esto la hace doblemente valerosa y admirable para mí.

Para más información de la obra de María Claudia Martínez:
http://www.algosobrearte.com.ar

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