LOS RECUERDOS DE ENRIQUE (parte 1)

Enrique Lifschitz cuenta su historia. Su infancia y adolescencia en Floresta durante los años 30 y 40.

Siempre tuve el deseo de registrar los recuerdos de mi papá y mi mamá contados por ellos mismos. Debe ser un deseo habitual en las familias conservar la memoria oral, aprovechando la tecnología del presente. Sin embargo el ruedo de lo cotidiano suele jugarnos en contra. También tal vez cierto pudor, cierto temor, de hacer hablar a nuestros mayores… Y así es que tantas historias de vida (que son también la historia de una época) quedan sin contar. Una pena que eso suceda hoy en día, cuando el audiovisual está al alcance de la mano de cualquiera.

Por suerte una tarde de domingo de hace casi diez años, para no dejar que el tiempo se lleve sus vivencias, nos reunimos con mi papá en la casa de mi hermana. Una cámara hogareña registró la charla de tres horas en la que Enrique nos contó a sus hijos infinidad de recuerdos: el origen de sus padres (inmigrantes judíos y pobres), su infancia en Floresta, su adolescencia buscando ganarse la vida, su adultez impregnada de la militancia social. 

Hoy que él ya no está, aquella entrevista es un tesoro. Me llena de satisfacción poder compartirla con sus amigos, compañeros y todos los lectores de Vínculos. Iremos presentándola por capítulos, a partir de este número y en sucesivas entregas. Para empezar en esta edición Enrique Lifschitz nos cuenta sobre su mamá, su papá y su infancia.

Habla Enrique:

“Mi mamá se llamaba Ester Pechersky y mi papá Abraham Lifschitz. Los dos eran ucranianos y llegaron a Argentina cuando tenían alrededor de veinte años. Mi mamá era modista. Me contó que vivía en el campo e iba a trabajar al pueblo, que de noche tenía que volver al campo porque de acuerdo a las leyes, por ser judía no podía quedarse en el pueblo. Cuando vino a Argentina, se casó enseguida y siguió trabajando de modista. Trabajó de modista hasta viejita.”

“Mi papá laburó siempre muchísimo, trabajó cincuenta años de colchonero en el barrio. Hacía las cosas muy bien, pero le ponía el triple de horas que le ponían en general los otros colchoneros entonces le alcanzaba sólo para sobrevivir. Trabajaba a domicilio, iba con la máquina de escardar lana y las tablas para apoyar los colchones. La máquina escardadora tenía rueditas, entonces él ataba las tablas e iba. Así como yo voy con el carrito para repartir los diarios él iba con su máquina.”

“Cuando yo era chiquito vivíamos en Gaona y Joaquín B González, que era la boca del arroyo Maldonado. Ahí mi mamá tenía una tiendita, ella la atendía y ahí hacía los arreglos de ropa. Pero cuando yo tenía cuatro años una inundación se llevó todo. Y nos mudamos a Remedios Escalada de San Martín y Concordia.”

Mi mamá era sorda. Me contó que un día le pegaron un pelotazo con una pelota de madera y que ahí quedó sorda. Sabía hablar, sabía escribir en ruso, y con una maestra con mucha paciencia aprendió a escribir en castellano. Cuando se proponía algo, le costara lo que le costara, no paraba hasta que lo conseguía. Por ejemplo a cada hija le iba preparando siempre un ajuar completo. Y siempre tenía algún manguito ahorrado para sacar de la manga para alguna situación.

Yo tenía la consigna, el mandato, que yo tenía que ganar guita, que yo tenía que sacar a la familia de la pobreza. Hay frases que me acuerdo… Mi mamá se peleaba con mi papá y le decía “Vas a ver cuando Enrique sea grande…” Entonces incluso antes de terminar la escuela primaria yo quería trabajar. Mi hermana Rosita me traía trabajo del negocio donde trabajaba (trabajaba con una escribana), yo lo hacía y me daban unos pesos.

Después, apenas terminé el primario, empecé yendo a la ORT muy poco tiempo, rápido me di cuenta que eso no tenía nada que ver conmigo. Después empecé en un Comercial pero no terminé primer año. Y fui a laburar. Laburé de cadete a los 12, 13 años. Laburaba mucho. Yo tenía 14 años y ganaba más que mi papá. Yo ganaba 250 $ y una vuelta me dieron cuatro aguinaldos juntos, me dieron 1000 $, un billete de 1000 $. En la familia jamás nadie lo había visto. En el departamento de al lado vivía una hermana de mi mamá con el marido y los hijos, ellos también vinieron a verlo: nadie jamás había visto un billete de mil pesos o mil pesos todos juntos.” ♦

(*) Foto de portada: Ester Pechersky y Abraham Lifschitz, mamá y papá de Enrique.

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