Hay lugares cuya identidad no se explica por los planes originales, sino por las formas que adoptaron en la emergencia, incluso por sus cicatrices. A comienzos de 2020, cuando las persianas del mundo empezaban a bajarse por un virus desconocido, un grupo de teatreros alquilaba un local en el corazón de Villa General Mitre con un destino vagamente escénico. Era, en esencia, un galpón pelado que había que transformar en “un lugar de teatro”. Cuando llegó el aislamiento estricto, la lógica hubiera dictado la retirada. Sucedió todo lo contrario. Nació Café Artigas, un espacio cooperativo y autosustentable que hoy sostiene una sala con 18 obras en cartel a la gorra, clases de teatro, una biblioteca pública de ciencia ficción y el café que le da nombre. Un nuevo escollo no imaginado apareció: tienen que entregar el local alquilado al que dieron forma propia. Y otra vez, el salto es hacia adelante: la campaña «Artigas para siempre», con la que convocan a la comunidad, los impulsa a soñar un lugar propio.

El primer punto de contacto con el barrio no fue una obra de teatro ni un poema, sino la comida. «En lo más duro del aislamiento, los sábados repartíamos bolsones de verdura de la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra)», recuerdan Lucía Arias y Carles Ros Mas, charlando con Vínculos Vecinales. «La gente se acercaba a buscar la verdura y nos preguntaba: ‘¿Pero qué es acá?’. Y nosotros les contábamos: ‘En realidad, seríamos un teatro’. Así se empezó a enterar el barrio».
En los primeros meses de confinamiento, la resistencia adoptó formas artesanales. Sin la posibilidad de abrir al público ni dictar talleres, la actividad se mudó a la ventana. De cara a la vereda, se montó un micrófono y un parlante. Mientras el letrista ni siquiera había llegado a pintar la fachada, actores y músicos ofrecían unipersonales para los vecinos en las primeras “aperturas” de cuarentena.
En esa grieta de incertidumbre nació el embrión de lo que hoy es el Café Artigas, un centro cultural y cooperativa de trabajo que logró una rareza contemporánea: construir un proyecto autosustentable, sin depender de subsidios estructurales, en un barrio sin tradición de circuito teatral nocturno.

Con las aperturas progresivas, el espacio fue poblándose de áreas que al principio eran solo intenciones. «La idea de que hubiera una biblioteca estaba, de hecho el mueble estaba», señala Carles, alma mater de la biblioteca de ciencia ficción, uno de los “tesoros” de Café Artigas. “Como las clases de teatro no se podían dar, la biblioteca había quedado enunciada pero no concretada. Me sumé como fan del género y empecé a pedir donaciones, a cargar el sistema de préstamos y a delimitar cosas. Me sumé a un mueble vacío», grafica.
Cinco años después, el contraste es contundente. La biblioteca, que comenzó con apenas 30 volúmenes arrinconados, cuenta hoy con más de 3.500 libros, supera los 750 socios activos —asociarse es completamente gratuito— y fue declarada de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Es un nodo de referencia para el género fantástico.

La cooperativa comenzó con tres integrantes y hoy son diez trabajadores, todos artistas escénicos: actrices, bailarinas, titiriteras, guionistas, actores, directores. Además de Lucía y Carles, Maria José Alcoba, Blas Khalil Aguiar, Catalina Gutiérrez, Diego Mauriño, Malena Médici, Laura Seijo, Lena Simón y Lucía Pachamé.
“Todos hacemos todo”, aclaran. «Todas las tareas que nos implica la gestión de la cooperativa son ‘el precio a pagar’ para tener un lugar propio donde hacer nuestras cosas», explican. «Nos repartimos todo. A la misma gente que ves actuando en el escenario, la ves atendiendo la barra, haciendo la técnica o despidiendo a las familias que vienen a los talleres».
El punto máximo de esta síntesis es «Encuentro Cercano», la exitosa convención de ciencia ficción organizada por la cooperativa. Durante tres días cortan la calle para con ferias, charlas y espectáculos. «Ahí cruzamos todo. Hacemos un concurso de relatos de ciencia ficción, y el equipo de la cooperativa lo transforma en una pieza teatral para inaugurar el festival. Es una locura que nos absorbe a los diez por completo, pero demuestra de lo que es capaz la producción comunitaria», destacan.
En tiempos de zozobra para las artes independientes, Café Artigas edificó una economía singular basada en la confianza y el acceso popular. Toda la programación teatral de la sala es a la gorra, y los talleres formativos se dictan mediante un sistema de aranceles en rango elegible por el alumno.

«Pese a lo que se suele pensar de la gorra o de los rangos de precios, que parecen formas informales o amateurs, este espacio es el sustento económico y la fuente de trabajo de muchísima gente«, afirman. «Hay un prejuicio de que la gorra es gratis o de que la gente no se compromete. Nosotros tenemos la sala llena constantemente. Funciona, genera encuentro y circulación constante».
Artigas para siempre
Cuando la maquinaria comunitaria parecía consolidada, irrumpió la realidad del mercado inmobiliario. El dueño de la propiedad tomó la decisión de poner el local en venta. Aunque otorgó una prórroga hasta fin de año para evitar cortar las temporadas teatrales en curso y dejar sin ingresos a decenas de elencos, el tiempo corre. La respuesta de la cooperativa fue el lanzamiento de la campaña «Artigas para siempre», para comprar un inmueble propio que albergue el proyecto.
«El nombre de la campaña lo dice todo: queremos seguir siendo Café Artigas, ojalá sobre la misma calle Artigas, pero Café Artigas a donde sea que vayamos», explican. Para lograr la compra, la cooperativa desplegó una red de aportes comunitarios: suscripciones mensuales, donaciones únicas y el festival «La Supergorra», donde espectáculos seleccionados destinan el 100% de la recaudación del público al fondo de adquisición del inmueble.
«Cuando alquilamos en plena pandemia la gente nos decía que estábamos locos, que poner un teatro en ese momento era lo más antipandemia que existía», concluyen. «Hoy nos vuelve a pasar lo mismo frente a la crisis económica. Pero sabemos que el equipo funciona en la calma y en la tormenta.»
«No queremos achicar el proyecto. Llegás acá en medio de la crisis general y te encontrás con un lugar lleno de vida, donde la gente se encuentra a tomar un café, leer un libro o ver una obra. Defender este espacio es defender la certeza de que la cultura popular se construye trabajando en red y con la comunidad como único sostén».
Café Artigas
Dirección: Artigas 1850, Villa General Mitre
Instagram: @cafe.artigas
