Agua de las piedras

Un robo fue el puntapie para que vecinos y vecinas se conozcan y construyan lazos. Fue en Monte Castro y Luis Duarte, escritor y periodista del barrio, te lo cuenta de este modo. Por Luis Duarte Era domingo, 27 de diciembre, 19 horas. Final de un fin de semana XL, que había arrancado el jueves […]

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Un robo fue el puntapie para que vecinos y vecinas se conozcan y construyan lazos. Fue en Monte Castro y Luis Duarte, escritor y periodista del barrio, te lo cuenta de este modo.

Por Luis Duarte

Era domingo, 27 de diciembre, 19 horas. Final de un fin de semana XL, que había arrancado el jueves 24, en la antesala de Nochebuena de 2015. Fue en pasaje Delambre, Monte Castro. Héctor le dijo a Graciela:

¿Vamos a dar una vuelta cerca del río?

Dale —dijo ella sonriente.

Genial —respondió Héctor, aún más sonriente—. Me pego una ducha y rumbeamos.

Afuera, calor ardiente, de los que invitan a una birra con maníes. El pasaje agarraba la curva de la tarde, ese trampolín silencioso hacia lo que en ese momento ellos creían el peor destino: el lunes.

Ya duchado y fresco, Héctor se adelantó, salió a la vereda y abrió el auto. Graciela no salía. Entonces, él entró en la casa, y la vio en el patio, hablando por celular. Héctor le hizo un ademán: le proponía que siguiera la charla en el auto.

Volvió a la puerta de calle, pasó el garaje. Y notó que algo había cambiado en el ambiente, lo podía palpar.

Un auto frenó, bajaron tres tipos armados.

¡Pará, Pará! —gritó Héctor, que perdió la carrera hacia la puerta.

Aquella noche, Héctor se lo reprocharía en silencio: Si hubiese gritado menos y corrido más… Si no hubiera vuelto a entrar, si no hubiese salido antes, si no se me hubiese antojado una cervecita cerca del río; pero no, me equivoqué, me descuidé, me distraje, y me entraron.

Los tipos amenazaron, pegaron, los obligaron a sentarse.

El que oficiaba de jefe lo miró a Héctor, lo señaló con el revólver, y enseguida le apoyó el caño en la sien. “Dame guita o los quemo”, largó.

Por fortuna, uno de los hijos tenía algo ahorrado. Todo era muy rápido, pero duraba una eternidad: los tipos, enterrados en un desdén exultante, contaron los billetes. Se miraron, se consideraron saciados. Y se fueron.

Al rato, llegaron un par de patrulleros y una ambulancia. Los vecinos se juntaron en la puerta de la casa. Pocos se conocían entre sí. Uno le alcanzó a Héctor hielo envuelto en una toalla. Otro trajo una cerradura. Les ofrecieron dinero, teléfonos, acompañarlos a la comisaría, prestarles el auto.

Después de contactarlos por teléfono, un atardecer de jueves nublado, a pocas semanas para la Navidad de 2018, yo camino por el pasaje Delambre mirando los números en los frentes.

En la entrada de una casa de dos plantas, toco timbre. Una voz de mujer pregunta “Quién es”.

Soy Luis, vengo del diario Vínculos Vecinales”, digo y me aparto del portero.

Es Héctor quien abre la puerta. Me da un abrazo y me hace pasar a un amplio living. Aparece Graciela, que saluda de igual modo. Nos sentamos.

Surge de la charla que ambos son docentes y actores. Que hace muy poco han presentado una obra de teatro, con dirección de ella y protagónico de él. Les pregunto si les molesta que los grabe, y me dicen que no. “Siempre y cuando aceptes compartir unos mates”, dice él. Y yo empiezo a distenderme, como si estuviera frente a viejos conocidos, o algo así.

Graciela: Como te decía (le devuelve el mate a Héctor), la respuesta de los vecinos fue inmediata. Como si todos se hubieran sentido violentados, robados, agredidos en carne propia. El tema es cómo se sigue después de vivir algo semejante. Cómo encarar el día a día. Mientras ese proceso caminaba internamente, tuvimos que volver a sacar los dni, licencias de conducir, tarjetas, credenciales de cobertura médica, llaves del auto, etc.

Héctor: Sí, eso, pero si me permitís, hubo algo que dolió tanto como que nos hayan entrado: la desprotección. Nada recibimos concretamente del Estado. Pura cosmética, la política de no confrontar y de dar dos pesos cuando uno necesitan cien. Se tienen que mover muchos hilos para lograr presencia policial en la cuadra. En algunos casos, llegaron a darla, pero efímeramente. Ningún programa duró más que algunos días.

Yo: ¿Y qué pasó a partir de ese suceso tan desgraciado?

Héctor: Una tarde sonó un timbre en una de las casas, luego en otra. Nos juntamos en la esquina a intercambiar impresiones. Hubo distintas opiniones, pero una coincidencia: algo había qué hacer.

Yo: ¿Y qué hicieron?

Graciela: Se armó un grupo de WhatsApp. Pusimos luces, una sirena en la cuadra y botones anti-pánico. Acordamos entre todos un método para actuar ante algún siniestro. Y el miedo mermó. Te digo más, lo único que efectivamente repelió ataques posteriores fueron las reacciones vecinales a través de las alarmas y salidas a la calle. Resultó natural cuidar al otro y que exista alguien preocupado por uno. Empezamos a llamarnos por nuestros nombres, a saber quién era el Otro. Salir a la calle yo no era sólo para tirar la basura.

Yo: Digamos que suscriben el refrán “No hay mal que por bien no venga”.

Héctor: Desde ya. Pero todo esto no quedó ahí (le brillaron los ojos). Cada fin de año, esta será la tercera vez, hacemos una choriceada en el mismo sitio por donde aún hoy deambulan impunes los delincuentes: en la calle, nuestra calle. Bailamos, cantamos, celebramos el estar juntos y habernos conocido. Aunque, claro está, haya sido bajo esas circunstancias. Gracias a la unión y acompañamiento de los vecinos, pudimos transformar el miedo en acción. Se pudo salir adelante (hace una pausa, luego sonríe). Tenés razón…, es tal cual el refrán.

Yo: Bueno, ahora falta saber si ya tienen fecha para la próxima choriceada.

Graciela: Por supuesto (le sugiere a Héctor cambiar la yerba). La cita es el sábado 15 de diciembre a las 20 hs. Y, desde ya, vos y la gente del diario están invitados.

Yo: ¿Les gustaría decir algo más?

Héctor: . Que la unión con los vecinos mitigó la profunda sensación de vulnerabilidad, el miedo con que quedamos después del robo. Las choriceadas callejeras con amplia participación nos hermanó y nos concientizó respecto de la importancia de cuidarnos mutuamente. De hecho, después del robo sufrido por nuestra familia hubo otros, en la calle, y en otras casas, y en algunos casos pudimos repelerlos a tiempo y frustrarlos gracias a las alarmas y a la reacción conjunta. Pero no debería ser nuestra tarea, porque simplemente no sabemos hacerlo, no somos profesionales en la materia. Quienes sí deberían hacer algo al respecto, el Estado, las Fuerzas de Seguridad, la Comuna, el Gobierno de la Ciudad, parecen no tener un programa preventivo ni de acción adecuados para brindarnos una cobertura elemental. Tras mucho insistir en algunos casos fuimos atendidos, siempre recibimos excusas y explicaciones de las carencias del sistema en cuanto a presupuesto, personal y equipamiento para ejercer el control de la seguridad como es debido. En un par de ocasiones, se accedió temporariamente a brindarnos durante unas pocas horas diarias la presencia de personal policial en la cuadra. Pero nunca se llega a formalizar un plan firme de protección. Nos ofrecen una seguridad sui generis y superficial. Estamos realmente solos. Aun cuando alrededor de la parrilla nos juntemos 45 vecinos, ante la agresión armada de los delincuentes que nos merodean diariamente, estamos los 45 SOLOS. ♦

*Jean-Baptiste Joseph Delambre (17491822), matemático y astrónomo francés. Conocido, junto con Pierre Méchain, por medir la longitud del arco del meridiano que pasa por Francia, de Dunkerque a Montjuic (Barcelona), entre 1792 y 1798, y cuyos resultados sirvieron para establecer el sistema métrico decimal en 1799, hacia el final de la Revolución Francesa. Su nombre está grabado en la lista de 72 científicos, en la Torre Eiffel.

1 comentario sobre “Agua de las piedras

  1. Muy interesante la historia diríamos la unión hace la fuerza por los tiempos que se viven el estar contenidos entre todos ayuda mucho Felicidades para el grupo.

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