“Primero hay que saber sufrir, después amar, después bailar”

El tango es un punto de llegada en la vida de Sandro Almirón. De Curuzú Cuatiá a Buenos Aires, del comercio internacional a la milonga: la historia de un hombre que luchó por dedicarse a aquello que lo hace feliz.

Cierra el bandoneón el último compás. Las parejas en la pista desarman el abrazo. Brilla el piso de parquet en el salón de La Sociedad Friulana. Por los parlantes, la voz de Sandro Almirón da la bienvenida a la milonga de Devoto. “Nosotros informamos, sobre todo para los que vienen por primera vez, que no tenemos los códigos milongueros. Que nuestro código es la invitación al disfrute bailando, que una mujer puede sacar a bailar a un varón o a otra mujer, que un varón puede sacar a otro varón. Priorizamos pasarla bien. Es un baile y es un festejo estar vivos después de una pandemia”.

Sandro conoció el tango a los 25 años. Volvía de visitar a su mamá en Curuzú Cuatiá, su correntina ciudad natal, y vio la publicidad de una milonga en el Flecha Bus.

Buscaba por esos días superar un desamor. La milonga quedaba cerca de su casa, en Palermo. “Habrá sido en el 2006. Después encontré que cerca de donde yo vivía estaba lleno de lugares de tango, que yo desconocía. Eso le pasa a mucha gente. Acá en Devoto muchos no saben que está La Friulana Tango hace diez años, donde hay milonga y clases”.

La publicidad del ómnibus lo llevó a La Viruta, allí dio sus primeros pasos tangueros, que lo ayudaron también a reconectarse con otros y otras. “Hay que pasar un desamor, no es fácil. Hay un tango de la década del 40 que se llama ¨Al compás del tango¨, con una muy linda la letra que habla de esto. Como también dice Homero Expósito: ¨Primero hay que saber sufrir, después amar¨…”

– Podríamos cambiar el “después partir” por “bailar”. Decir: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después bailar”.

– Sí, genial el título ese.

Sandro trabajó durante quince años en un banco,  los diez últimos como tesorero. Ya el tango era parte de su cotidiano, ya había comenzado a enseñarlo –como ayudante en las clases de “Lili”, en la Academia Nacional del Tango– cuando de un día para el otro el banco decidió hacer un despedido masivo de empleados que llevaban décadas.

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“Ahí me di cuenta que no valía la pena entregar mi energía a otro. Es verdad que el sueldo, el aguinaldo, las vacaciones pagas, te ayudan. Pero para recibir eso sacrificás hasta la salud a veces. Gracias a Dios hoy me dedico a lo que me gusta.”

Corrientes

Sandro trabajaba repartiendo diarios cuando salía del colegio. Desde quinto grado a quinto año lo hizo. Llegaba a su casa al mediodía, comía rápido un sándwich y se iba con la bici. “La Nación y Clarín llegaban a las trece y el reparto yo lo hacía en una hora. Después me quedaba a la tarde jugando al fútbol con mis amigos o estudiaba”.

Curuzú Cuatiá es la primera localidad correntina yendo desde Buenos Aires por la ruta 14. “Una ciudad de alrededor de 50.000 habitantes, sin edificios, con mucho verde, donde podés dormir la siesta”, la describe Sandro.

“Nosotros vivíamos en una condición muy pobre y mi mamá siempre nos fomentó el esfuerzo, nos decía: ¨mirá, no hay para comer¨, ¨no llegamos a pagar la luz¨.»

En un momento se cansó de alquilar, compró un terreno y en dos semanas levantó con un amigo de mi hermano cuatro paredes. Y nos metimos así, sin baño y con todos los muebles encima. El techo era una lona, yo veía las estrellas cuando me acostaba. Pero dejó de irse en un alquiler el sueldo de mi mamá y lo que aportábamos nosotros. Hoy gracias a Dios ella ya tiene su casa terminada”.

A los veinte años, de un día para el otro, la mamá le dijo a Sandro:  “mañana te vas a Buenos Aires”. El hijo le hizo caso, vino, estudió comercio internacional y se recibió. “Pero nunca profesé –dice– porque lo mío era bailar”.

La Friulana Tango, a la hora en que las primeras parejas van animando la pista.

Una forma de comunicación

La Friulana este año fue sede del Campeonato Nacional de Tango y Sandro participó como veedor.

– ¿Qué valorás cuando ves bailar a una pareja?

– Que sea una pareja. Dos personas con una misma energía de baile, de cordialidad, de simpatía, de sencillez, de cadencia. Un solo abrazo que representa el encuentro de dos personas. Es algo que dentro del ámbito se aprecia mucho y hay que buscarlo. En cambio, cuando ves una pareja donde un rol es mucho más enérgicamente fuerte que el otro, es como que no hay una comunicación.

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Esa palabra, comunicación, parece ser la llave al disfrute en esta danza de dos. Para lograrla, no hace falta tener un swing privilegiado ni ser experto bailarín o bailarina. Hace falta estar dispuesta, dispuesto, a conectar.

“No todas las siluetas comparten la misma técnica ni han atravesado el mismo aprendizaje. Es muy lindo cuando se encuentran. A veces sucede en un solo tango, o en una tanda diez minutos en una milonga, y ya está. En mi experiencia –y también en la de mis alumnos que siempre me lo comentan– , cuando acontece, es maravilloso.”

Nueva generación tanguera

En los baños de La Friulana, cuelgan carteles que dicen: “En caso de violencia o que la estés pasando mal, acércate a los organizadores y comentanos, para solucionarlo”.

Cuenta Sandro que, años atrás, pasaba muchas veces que tangueros varones maltrataban a las mujeres principiantes, les decían cómo tenían que moverse, les reprochaban su manera de bailar. Y hoy ya no hay lugar para eso, al menos no en La Friulana.

Hay códigos de otras generaciones que están cumpliendo su ciclo al tomar la posta generaciones nuevas.

“Sacar a bailar una mujer a otra mujer o un varón a otro varón, es algo normal. Hoy la mujer sabe poner límites y hay muchas que están aprendiendo a bailar el rol conductor”, Sandro  celebra este cambio.

“Finalmente –dice– todos somos un montoncito de historias, tratando día a día de hacer lo que cada uno puede, y buscando sentirnos plenos con algo que nos gusta”. ♦


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