Trabajar y no aburrirse

Sobre Juan B. Justo, a metros de la plaza de Pappo, está la bicicletería de Pablo Andreani, uno de los pocos que aún ejerce el oficio de la reparación.

Si hay una avenida poco amigable para los ciclistas es Juan B. Justo, con sus escasos carriles y un tránsito veloz rodando al filo del cordón. Sin embargo, un punto en el trazado de esta arteria vehicular sí resulta una bendición para las bicicletas. A metros de la Plaza de Pappo, cruzando Terrero, está la bicicletería de Pablo. Tras la vidriera, el local aloja rodados en reparación de gran parte del vecindario. Un pasillo se abre camino entre cuadros metálicos, ruedas y manubrios hacia la trastienda, donde el bicicletero despliega su oficio.

Un mural da vida a la pared: el dibujo de un pajarraco viejo, amigable, pico grande y plumas negras, pañuelo al cuello, tal vez un pariente lejano del Gallo Claudio dedicado a la reparación, porque en la mano izquierda sostiene una pinza y en la derecha un destornillador. “Lo hice yo”, revela Pablo y agrega: “Siempre me gustó dibujar”. Podría haber seguido Bellas Artes y otro hubiera sido su destino, pero no tenía buena prensa la formación artística en el ambiente que rodeaba al adolescente que le tocó ser en los 80. “Si vas a ser dibujante, te vas a cagar de hambre”, le decían.

Cómo no aburrirse

Fue a un colegio industrial, se recibió de técnico electricista y comenzó trabajando en la construcción. “Hice de todo un poco, pero me aburro fácil”, dice a modo de definición sobre sí mismo, y luego enumera: “Fui cartero, fui repartidor de La Serenísima, manejé un transporte escolar, tuve una remisería”. Unos años en cada trabajo, hasta que el aburrimiento ganaba la partida.

Un buen empleo le llegó en la primera década del 2000. Se llamaba Julia Tours la empresa que lo contrató para que recompusiera la instalación eléctrica del edificio donde trabajaban siento setenta personas. “Tenía un sueldo fijo, muy buena plata. Pero todos los días eran iguales: llegar, recorrer los tres pisos encendiendo las computadoras, chequear que todo funcione, y todo funcionaba. Si yo mismo lo había instalado. Entonces acomodaba los depósitos, ayudaba a los cadetes y el resto del tiempo tomaba mate. Sentía que le estaba robando la plata al dueño. Vivía en Lomas del Mirador, tenía que salir muy temprano para llegar al Centro a las seis de la mañana. A las tres de la tarde ya estaba libre, pero me quedaban dos horas de viaje de vuelta. Y me aburrí de la situación.”

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Entonces, las bicicletas

Su suegro tenía una pyme llamada Rodados Guiye, a metros de la cancha de Argentinos Juniors, que fabricaba triciclos, bicicletas y kartings. “Le vendíamos kartings al Automóvil Club y los primeros que hubo en Tecnópolis los hicimos nosotros”, recuerda. También los exhibidores y ganchos que se usan en las bicicleterías salían de sus máquinas. El suegro la había fundado en 1984. Él se sumó en el 2008, cuando renunció a la empresa de turismo, con la idea de ir aprendiendo el oficio. Pero en dos meses todo cambió. “Arranqué en noviembre y en enero mi suegro falleció”. A Pablo le tocó hacerse cargo de la fábrica junto a su ex mujer. En tiempo récord debió adquirir la destreza necesaria. “Llamé al fabricante de la máquina dobladora para que me explique cómo se usaba y aprendí a doblar los caños. Tampoco sabía usar la máquina para pintar, fui a buscar a uno que pintaba que era amigo de mi suegro y él me enseñó, otro me enseñó a soldar.” Dos amigos trabajan con ellos y entre los cuatro sacaron adelante la empresa. Producían 250 rodados por mes que vendían a las grandes bicicleterías.

Así fue hasta que los cortes de luz los frenaron en el 2014, como una burla del destino para el hombre que era electricista de profesión. “En la fábrica teníamos trifásica. Nos cortaban una fase todos los días y no había forma. En dos años pudimos trabajar seis meses nada más, no podíamos comprometernos porque no sabíamos cuándo podríamos entregar. Y terminamos cerrando.”

Sobre Juan B Justo

Todavía cuelgan de los ganchos atornillados al techo algunos triciclos que le quedaron. También penden de un hilo metálico una colección de pedales antiguos, que Pablo considera un bien preciado. “Las bicicletas me apasionan, todas tienen algo distinto”, asegura, admitiendo que finalmente encontró un trabajo que lo entusiasma, salvo por un motivo: “Me cansa el trato con la gente, porque están medio limados”, lanza medio en serio medio en broma.

Su negocio tiene un horario escueto de atención al público. Pablo se justifica así: “Si yo abro todo el día, tendríamos que ser seis personas trabajando porque no paran de venir bicicletas. Entonces en esas horas que abrimos recibimos las que podemos hacer, y después me quedo hasta las dos o tres de la mañana laburando. Y mañana, cuando abro, ya están todas las bicicletas arregladas.”

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¿Por qué tanto trabajo? El problema, cuenta, es que la mayor parte de los bicicleteros ya no quiere reparar, porque la venta es tanta que no lo necesitan. Y las bicis que se venden, dice, son todas importadas, ya nadie fabrica. Pablo pinta un panorama desalentador, desconocido para los ajenos al rubro: “Importadores serán catorce o quince y se ponen de acuerdo para fijar el precio, injustificadamente alto. Ellos solo le agregan la etiqueta con su marca.” Fabricar en Argentina, dice, es imposible. Ahora no cierran los números para tener una pyme como lo fue Rodados Guiye, hasta hace menos de una década.

Cae la tarde sobre Juan B. Justo y su hija del medio llega a la bicicletería. La adolescente vuelve del colegio y lo ayuda un poco al padre. Al hijo menor, dice Pablo, le gusta más el fútbol que las bicis, pero también hace lo suyo. Y “la otra nena”, agrega refiriéndose a su hija de 19, está en la facultad estudiando psicología.

¿Cuál es tu sueño? La pregunta lo entusiasma, le da pie para desplegar la idea que lo sacaría finalmente de todo aburrimiento: “Quiero tener una bicicletería que sea también bar. Con mis amigos ya lo tenemos pensado”, cuenta como quien juega a hablar en serio. “Serviría cerveza, por supuesto. Pero nada de minutas. Cada día habría otra cosa para comer: los viernes todo tipo de pizza: a la piedra, al horno de barro, a la parrilla; los jueves todo tipo de empanadas, los miércoles otro tipo de comida. Conozco a muchos ciclistas y para todos nosotros sería como un club.” Si el sueño de Pablo se cumple en este local, las autoridades competentes deberían ir contemplando una bicisenda sobre la traza de Juan B Justo. ♦


La bicicletería de Pablo: Av. Juan B. Justo 4685 y Terrero.

(*) Pablo Andrani es miembro de La Paternal Pedalea, un colectivo nacido en el verano del 2021, que sale a pedalear en plan recreativo. Reúne a vecinos y vecinas de todas las edades, con y sin experiencia en ciclismo urbano.

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