Chef Prepara

Muchas cosas pueden pasar al mudarse de barrio. Matías Lockhart dejó una fábrica por un emprendimiento gastronómico, inició una huerta en la vereda, publicó dos libros y un día se juntó con otros vecinos para reclamar por una plaza para Villa Santa Rita.

Mi abuela Clarita vivía en una casa de altos en Villa Ortúzar. Entrabas y ahí estaba ella de espaldas en la cocina, siempre preparando algo, porque todo aquel que la visitaba comía, lo mismo daba que fuéramos sus nietos o el inquilino que iba a pagarle”. Con el delantal y la cofia, frente a unas hamburguesas de lentejas recién sacadas del horno, Matías habla de su mentora. Color, sabor, olor, todo tiene su recuerdo: “Tengo la imagen de su sopa de verduras y avena a la que al final le agregaba un huevo crudo que iba transformándose en una nube a medida que se mezclaba con el caldo caliente”. Clarita fue la elegida por este santarritense para que lo acompañara al estrado el día que le entregaron el título de Chef.

Fue hace cuatro años que Matías pegó un viraje profesional. Los veinte anteriores los pasó en una metalúrgica, trabajo al que lo había recomendado un amigo de un amigo en la época en la que cursaba arquitectura. Seguía en la fábrica cuando se pasó a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, también cuando cambió al Conservatorio de Música Juan José Castro en Martínez, y después cuando empezó Letras en la UBA. Y todavía estaba ahí cuando se recibió de chef. De carrera en carrera, en el fondo la búsqueda siempre era la misma: “frente a una olla, una tabla de dibujo o una hoja de papel, sale todo lo que tenés adentro”, afirma mientras echa en la procesadora garbanzos hervidos para hacer una mayonesa vegana.

En la fábrica desplegaba cierta creatividad dibujando planos. Pero con el paso de los años el entusiasmo fue trastocando en rutina y después de dos décadas sentía que lo interesante de la vida empezaba a las cinco de tarde. La cuerda se tensaba: con dos hijos la necesidad de una casa propia se hacía urgente. Era momento de tomar un préstamo y para eso necesitaba que todo su salario se reflejara en un recibo de haberes, situación a la que sus empleadores no respondían como él esperaba. Cuando la cosa no dio para más en la metalúrgica, la gastronomía se fue perfilando como posibilidad.

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“Antes de irme de la fábrica me hice hacer dos mesadas de acero inoxidable. Una de ellas es desmontable, abajo tiene una madera que la uso como tabla para amasar”, cuenta Matías mientras corta rodajas de calabaza que combinadas con pollo se transformarán en pasteles.

A la mesada le sumó una balanza electrónica y una sartén antiadherente. Aprovechó unas cuantas ollas heredadas de la abuela y realizó una buena inversión en contenedores plásticos. El Chef se estaba preparando. “Al principio mis expectativas chocaban con la realidad. Por ahí me imaginaba desplegando estrategias, contratando empleados y en verdad estaba re solo en mi cocina, haciendo cuatro platos juntos entre que llevaba a los pibes al colegio o los buscaba del club”.

Santa Rita, el escritor, la huerta y el chef

El PH en el que viven fue un hallazgo de Laura, su compañera, que vio el potencial de esa casa venida a menos cuando estaban a punto de señar un departamento de 40 metros cuadrados. Cuenta Matías que se conocieron en Salta, pero Laura lo desmiente: ella ya lo tenía visto de la facultad de Filosofía y Letras.

La llave de la literatura se la dio a Matías una psicopedagoga cuando recién había dejado arquitectura. “Me hizo cerrar los ojos, imaginar una historia y escribirla. Hasta ese momento yo no tenía idea de que podía escribir y me gustó la hoja vacía”, recuerda ese hecho iniciático ahora que lleva publicados dos libros: La primera sed, en el 2004 y Perdí el hilo, en el 2017. Uno de poesías y el otro de prosa poética.  Para ese entonces la hoja en blanco ya empezaba a llenarla también con propuestas de menúes.

Tal vez sea frecuente que los cocineros quieran producir su propia cosecha, a medida que suman frasquitos con condimentos y especias. Eso le pasó a Matías a poco de lanzar Chef Prepara. Conoció en la Agronomía a un grupo que lleva adelante un proyecto llamado “Acción Huerta Urbana” —que se propone conectar a las personas a través de la creación de huertas comunitarias— y quiso ser parte. Al tiempo, sembró la suya frente a su casa, a la vera de la bicisenda de César Díaz.

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Las huertas de este colectivo tienen una característica que las distingue: usan como maceteros cubiertas de auto, las apilan de a tres y las pintan de verde claro. A lo largo de dos años Matías cosechó en su vereda zanahorias,  papas, habas, rabanitos, tomates, lechuga, achicoria, brócoli y pack choy, entre otras especies.

Matías Lockhart junto a su huerta de la calle César Díaz

Los de Acción Huerta Urbana tenían razón  en los objetivos que se proponían: fue a partir de haberse pasado ratos afuera removiendo la tierra, sembrando, regando, que Matías conoció a sus vecinos. Cuando el de al lado de su casa se enojó y le mandó una carta documento para que sacara las cubiertas de ahí, otros lo defendieron y le ofrecieron mudar la plantación frente a sus puertas. Buscó más cubiertas de auto, más tierra, más pintura, más plantines, porque había más manos con ganas se cultivar. La huerta de Matías se multiplicó y su red vecinal también.

La socialización buscaba filtrarse a través de los barbijos y la distancia entre los cuerpos a medida que avanzaba el 2021. Fue por esos días que un vecino lo invitó a una reunión. “¿Te diste cuenta de que no hay plazas en Villa Santa Rita?”, decía el mensaje. Claro que se había dado cuenta, cómo no advertirlo con dos chicos y en pandemia.

Una decena habrán sido los santarritenses que se reunieron en ese primer encuentro. Durante los meses siguientes armaron planillas para juntar firmas, organizaron eventos culturales, pintaron una bandera, redactaron un proyecto de ley que hoy espera la aprobación en la Legislatura. Matías se cargó el reclamo barrial al hombro y hoy es uno de los referentes del grupo Una Plaza Para Villa Santa Rita.

Mientras tanto sigue cocinando. Tiene por delante el catering para un cumple de 80. Llevará recipientes con variedad de cremas (de hongos, de hierbas, de legumbres). Llevará las mangas para rellenar las tarteletas amasadas por él. También hará tostaditas de pan casero para untar con palta y la infaltable tarta de cebolla, papa y semillas de kúmel, que le enseñó su abuela Clarita. ♦


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