Laura Benza y Alejandra Martínez son docentes egresadas del IES Juan B. Justo, el “Juanbe”, el histórico Instituto de Formación Docente de la Comuna 11. Una vive en Monte Castro y la otra en Villa del Parque. Una trabaja en una escuela de Devoto, la Ruiz de los Llanos, No 4 del Distrito Escolar 17, donde concurren chicos que en su mayoría viven en el barrio Ejército de los Andes, una zona vulnerada del conurbano. La otra es maestra en una escuela pequeña de Villa Santa Rita, la Tierra del Fuego, No 18 también del Distrito Escolar 17, que está medio escondida en el pintoresco pasaje Dantas. Las dos aman trabajar con las infancias a la vez que surfean sobre el mar de tensiones escolares.
Vínculos Vecinales conversó con ellas a fines de febrero, cuando habían pasado tres días desde el inicio de clases. Su relato -del que esta nota hace un injusto resumen- permite asomarse al día a día de las escuelas públicas de CABA y comprender qué está pasando, en realidad, en esas instituciones de las que todos nos sentimos con derecho a opinar.
Inicio del ciclo lectivo
— Laura: Sentí que estos primeros días fueron medio una mentira porque tengo veinte inscriptos y vinieron diez. Nos pasó a todos en la escuela y llegamos a la conclusión de que faltaron porque el servicio del micro arranca recién la semana siguiente. En las casas seguramente pensaron: “¿Quién va a pagar el viaje estos días? Lo mando el lunes”. Más allá de eso, los primeros días siempre tienen algo especial: esa alegría simple de volver a estar juntos. La escuela toma vida cuando las infancias entran en ella.
Los primeros días siempre tienen algo especial: esa alegría simple de volver a estar juntos. La escuela toma vida cuando las infancias entran en ella.
— Alejandra: En mi escuela aumentó muchísimo la matrícula. Antes no llegábamos a 120 y ahora tenemos 140, es un montón la diferencia. Y yo, que vengo de estar en segundo grado y este año estoy con sexto y séptimo, pasé de tener 11 a tener 40 chicos.
— Laura: Yo ya descubrí a una nena que no sabe leer. “Estamos en problemas -le digo-. Estamos en cuarto y no sabemos leer”. Ni su nombre lee. Eso preocupa pero también es una oportunidad para construir un vínculo que le devuelva confianza. Muchas veces el aprendizaje empieza ahí, cuando un chico siente que alguien lo mira.
— ¿Y cómo llegó a cuarto grado sin saber leer?
— Laura: No lo sabemos, claramente tiene algunas cuestiones cognitivas.
— ¿Lo hablaste con la maestra de tercero?
— Laura: se fue a otra escuela la maestra de tercero.
— Me parece raro que no supieras que había una nena en tercero que no sabía leer.
— Alejandra: ¡Pasa un montón! Y en estos primeros días tenemos que identificar cuáles son los niños que están en esa situación. Te cuento una anécdota del año pasado: yo pedí permanencia en segundo grado para un nene que había faltado noventa días. Consideraba que repetir segundo era lo mejor para él porque era un niño que no leía, reconocía solo las vocales, escribía solo su nombre y lo escribía mal, contaba solo hasta el 20. Tenía maestra de apoyo, fonoaudióloga, psicopedagoga, así y todo él no avanzaba. Si vos mandas a un niño así a tercer grado va a seguir fracasando. Bueno, pedí la permanencia, la peleamos con la directora, y nos dijeron: “No, no va a repetir nadie, no repite nadie nunca más”.
— ¿Quién les dijo eso, la supervisión?
— Exacto, dijeron que era una bajada. Ese niño se cambió de escuela. La maestra de tercero que lo agarre va a decir “no le enseñaron nada”, no es que no le enseñamos, tenía esa condición, queríamos otra cosa para él que no autorizaron.
Yo pedí permanencia en segundo grado para un nene que había faltado noventa días. Escribía solo su nombre y lo escribía mal, contaba solo hasta el 20. (…) La peleamos con la directora y nos dijeron: “No, no va a repetir nadie, no repite nadie nunca más”.
Nuevo diseño curricular
Las y los docentes planifican sus clases siguiendo un diseño curricular. En 2025 el Ministerio de Educación de la Ciudad presentó un diseño nuevo que reemplazó al que estaba vigente desde el 2004. En sus planificaciones deben utilizar las actividades que figuran en un libro editado por el Ministerio, que reciben todos los niños y las niñas de las escuelas públicas de CABA. El libro se llama «Yo amo aprender», en realidad «Yo –dibujo de un corazón– aprender». Este libro fue lanzado en reemplazo de otro que se llamaba “Estudiar y aprender”, que según Laura y Alejandra era mejor.
— Alejandra: En “Estudiar y aprender” las actividades propuestas para cada área tenían relación entre sí. Eran acordes a la idea de trabajo por proyectos, que es a lo que apunta el Diseño. Estos libros no, las actividades están sueltas, los temas no tienen que ver unos con otros. O sea, me estás obligando a usar un libro que es una porquería. El año pasado yo no lo usé, se lo di a los chicos porque es de ellos, pero terminé usando otras cosas. Terminás gastando vos en fotocopias, en otros materiales.
— ¿Es generalizado el sentir docente hacia ese libro?
— Laura: Sí, nadie lo quiere. Hay gente que se hace más problema y gente que lo agarra y dice “bueno, tengo que usar esto, listo”.
La inclusión en el aula: entre el diseño y la realidad
Durante febrero todas las y los docentes concurrieron a una capacitación de tres días dedicada a pensar la inclusión en el aula, cómo diversificar una actividad para que se adecúe a las posibilidades de cada chico/a.
— Laura: Te dicen “diversificar los aprendizajes” y en eso estamos todos de acuerdo, nadie te lo va a discutir. El tema es cómo lo aplicas si estás sola en el aula. Vos sabés que si planificás la lectura de un cuento tenés que llevar cinco opciones distintas: para él que lee de esta manera, para ella que lee de esta otra… Además hay pibes que tenés que acompañar en lo emocional, tenés que estar mirando que ninguno se lastime. El pibe que llora, “¿por qué lloras?, paremos, contame”. “¿Vos comiste?” “No.” “Bueno, esperá que voy a buscarte algo.” O sea, cumplís el rol de mamá, de psicóloga, de cocinera y encima pedagógicamente te tenés que preparar muy bien para atender la diversidad. ¿Y entonces qué pasa? Los docentes empiezan a decir “yo con todo esto no puedo”. Para mí lo que más nos falta es gente, necesitamos más personal en las escuelas.
Te dicen “diversificar los aprendizajes” y en eso estamos todos de acuerdo, nadie te lo va a discutir. El tema es cómo lo aplicas si estás sola en el aula. (…) Para mí lo que más nos falta es gente, necesitamos más personal en las escuelas.
— Alejandra: Y de repente, vos que querés construir con los pibes, que se hagan preguntas, que piensen, que te pongan en jaque… en el medio de eso te dicen “no llenaste este papel”, “no presentaste este otro”, “te pusimos el registro online pero también lo tenés que completar por escrito”. Llega un momento que decís “¿para qué estoy acá?” Si tengo más horas haciendo estas cosas que lo que yo quiero hacer. Creo que por ese lado cansa más.
— Laura: Sí, hay una crecida de la tarea administrativa enorme. No hay tiempo para lo pedagógico, para pensar juntos lo pedagógico entre la conducción y los docentes. Yo que tengo amigas y amigos docentes lo hablo afuera, pero adentro de la escuela estás corriendo todo el tiempo.
Y de repente, vos que querés construir con los pibes, que piensen, que te pongan en jaque… y en el medio de eso te dicen “no llenaste este papel”, “no presentaste este otro” (…) Llega un momento que decís “¿para qué estoy acá?” Si tengo más horas haciendo estas cosas que lo que yo quiero hacer. Creo que por ese lado cansa más.
El reglamento 860
— Laura: También ahora hay mucho pibe deambulante que no puede sostener la atención tanto tiempo y va de un aula a otra. Yo tengo un montón de pibes de otros grados que vienen a mi aula y se quedan un rato. Para ellos tengo un dominó, lo saco y jugamos.
— ¿Se escapan de su aula y van a la tuya a jugar? ¿Está permitido eso?
— Alejandra: En el nuevo Reglamento 860, que no hace más que poner por escrito lo que hacemos hace millones de años, dice que todos los alumnos son de todos. No hay nadie que pueda decir “no” si un alumno quiere estar en un aula en lugar de otra.
— Pero si vos estás con tus veinte pibes y te viene uno de otro grado que quiere estar con vos, ¿cómo hacés?
— Alejandra: Le decís que se quede en el escritorio y vemos qué hacemos.
— Laura: O “andá a buscar tu cuaderno a tu aula y traelo.»
— Y «avisarle a tu maestra que estás acá”, me imagino.
— Laura: Eso no hace falta, nos avisamos entre nosotras por el chat de whatsapp.
— Ale: En la escuela Galloni, no me olvido más, yo era maestra de séptimo y había una niña de primer grado que todos los días estaba en nuestro aula. Ella amaba a los de séptimo y no quería ir a primero.
— Pero se perdía el contenido.
— Alejandra: Bueno, no, la dejábamos un rato y después hacía que alguno de séptimo la acompañe y se quede con ella.
— Laura: Hacés un trato: «esta hora te quedaste acá, la próxima tenés que ir a tu aula».
— Además de la dificultad que ya de por sí les representa dar la clase, tienen que preocuparse por satisfacer necesidades individuales de chicos de otros grados.
— Laura: Sí.
— Alejandra: Vos decís ¿está bien? Y no, claramente no está bien, pero ¿qué hacemos?
— Depende el pibe, depende qué lo lleva a hacer eso: si es rebeldía, si está buscando el límite o si está angustiado por algo.
— Laura: Ahí volvemos a lo mismo. Es tan singular el laburo que hay que hacer, tan importante mirar a cada uno y cada una que tendría que haber más docentes por aula.
— Alejandra: Igual que quede claro, por favor, ¡amamos este trabajo! Es una profesión que volveríamos a elegir.
— Laura: ¡Sí! Porque la escuela pública sigue siendo un espacio fundamental para muchos chicos y chicas. A veces el único donde pueden sentirse acompañados y escuchados. Y eso es algo que hoy tenemos que defender.
