Analía, el arte y la escuela

La conocen en el Distrito 17; la conocen las familias de la escuela Galloni y, desde este año, las de la Simón Bolívar. Una anécdota que la pinta: haciendo una suplencia en un grado que desbordaba violencia, un día entró al aula calzando en su mano un títere de la rana René. La maestra habló a través del títere y el grupo de chicos, cambió.

Analía Pineda es una docente que tiene algo muy claro: “La salida es la educación por el arte”. “Es por acá”, dice y repite en la charla con Vínculos Vecinales. Y asegura que la pandemia terminó de confirmar esta idea. Muestra también su certeza en los hechos. Cuenta que su experiencia en las escuelas en las que dio clases, en distintos grados, le demostró que el arte abre puertas, propone caminos, sana. Que es posible “entrarle por otro lado” a los saberes, sin ir en contra de los famosos “contenidos” sino, por el contrario, potenciando la capacidad de establecer conexiones entre ellos (al fin y al cabo, en la vida no se presentan separados por materias).

Pero, sobre todo, apuntando a aquello que la educación tradicional deja de lado, y Analía –y tantas y tantos como ella en todo el mundo y desde hace rato— consideran fundamental: el desarrollo emocional en una etapa clave como es la de la infancia, que constituye otra forma de inteligencia.

Analía cuenta que el kamishibai (el “teatro de papel” basado en la milenaria técnica japonesa), el teatro de sombras, el lambe-lambe (teatro en miniatura), son sus “armas” para enseñar a leer y escribir, pero también a sumar y restar. Que en la organización diaria de sus clases lo primero es la ronda de emociones, donde los nenes y nenas cuentan qué sentimientos los atraviesan. Con la palabra habilitada y la posibilidad de que sea uno de ellos mismos quien coordine esa ronda (esperar turnos, confrontar ideas, tomar y dar la palabra, ponerse de acuerdo entre pares, son saberes que cuestan y se aprenden) hasta tienen un libro de actas donde dejan el registro de lo conversado. Sucede desde primer grado.

Desde el profesorado en adelante

Analía se formó como maestra en el instituto Juan B. Justo de Villa del Parque. Luego, ya en el ruedo de la vida escolar, entró en crisis con su profesión. Pensaba que había equivocado el camino, que esto no era para ella hasta que una compañera, otra docente muy joven, le recomendó que vaya al IVA (Instituto Vocacional de Arte). “Me partió la cabeza”, dice al recordar su paso por allí. Y cita a sus maestros: “Ustedes están acá por algo. O porque la pasaron muy bien o porque la pasaron muy mal”. “Tenían razón”, concluye. Y cita a Gianni Rodari: Enseñar, utilizando la educación por el arte, “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

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¿Por qué quiso ser maestra? “Para poder ofrecer algo de lo que me ha faltado a mí. En el fondo, para sanar”, responde. “No existe el burro o la burra. No te tiene que ir bien en la prueba por tu mamá, ni por nadie. A nosotras nos educaron con dureza, y a mí eso me marcó mucho”, analiza. Y cuenta que en las reuniones de madres y padres de primer grado, les pide que recuerden sus primeros grados, y que digan qué esperan para sus propios hijos en ese año tan especial. “Siempre hay algo que se proyecta. Y siempre aparece alguna situación de vergüenza, de miedo, de autoridad mal entendida que los hizo sufrir mucho y que todavía recuerdan. Si ya sabemos que ese modo no funcionó, ¿por qué lo repetimos?”, se pregunta.

Analía se especializó también en literatura infantil, otra de sus grandes “armas”, o caminos, o aliados. A los que piden “resultados” y endiosan mediciones, les puede mostrar el balance de un primer grado: niños y niñas alfabetizados que para fin de año son capaces de leer historias con soltura y crear cuentos, escribirlos, dramatizarlos, montarlos en escena con títeres y figuras de papel. “¿Por qué a los padres y madres les preocupa sólo que sus hijos e hijas llenen muchos cuadernos, qué les garantiza eso? ¿Por qué lo consideran más importante que una jornada intensa de trabajo en el aula? Yo no mando tarea para que los padres se queden tranquilos, yo trabajo para los niños y niñas”, se planta.

Muestra con orgullo los trabajos que fueron haciendo los niños y niñas de la escuela 14 del distrito 17 “Simón Bolívar”, en Villa Real, donde actualmente trabaja, y en años anteriores en la escuela 10, Ernesto Galloni, de Villa del Parque. De su paso por sus primeras escuelas, recuerda entre el asombro, la ternura y la tristeza una cantidad de anécdotas que dan cuenta de la violencia, el abandono y la soledad que muchas veces sufren las y los niños. La incapacidad del sistema para detectar y preocuparse por lo más evidente, cegados por “los contenidos”. “Se pierde de foco todo. Lo único que les interesa a las familias es que aprendan las fracciones. Pero si la niña no puede abordar otras problemáticas más urgentes, que les están estallando en la cara pero nadie está registrando, ¿para qué les sirve saber la fracción?”, plantea.

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La forma de enseñanza que defiende Analía se aplica, como propuesta pedagógica global, en algunas contadas escuelas privadas. ¿Cómo sostiene ella la educación por el arte dentro del sistema público? “Desobedeciendo sistemáticamente”, contesta entre risas. Dice que aprendió (a la fuerza) a moverse en “el sistema”, hasta descubrir, finalmente, sus costados positivos, los modos en que la contienen. Y también las “grietas” por donde colar lo suyo.

Y hay más. Lo que Analía tiene para dar excede los muros de la institución. Durante la pandemia comenzó a organizar encuentros de madres y maestras para hablar de los sentires de unas y otras en este presente que nos toca vivir (si se puede, en una plaza del barrio, si no se puede, en modo virtual). Y muy pronto comenzará a dar talleres de arte para chicos y chicas, con la plaza como contexto o vía Zoom. Sus talleres contarán con el auspicio del sitio web de literatura infantil Avión que va y Vínculos Vecinales. ♦


Para más información sobre los talleres de arte para chicxs y los encuentros de madres y maestras, escribir al mail de Analía: analiabpineda@gmail.com

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