Desde el puesto de diarios

¿Quién es ese muchacho que recorre el barrio en bicicleta, de lunes a lunes, repartiendo periódicos y buenos días? Sebastián Pezzulli tiene treinta y un años. Heredó de su padre el puesto de diarios de Tinogasta y Emilio Lamarca, y con él, un mundo de afectos.

El epicentro de ese mundo son cuatro esquinas que sin llegar a ser un centro comercial, gozan de más bullicio que unas cuadras más allá. Las cuatro ochavas tienen algo que ofrecer: un kiosco 24 horas, una verdulería, una antigua farmacia y un remozado café. El olor de los platos recién servidos llega hasta Sebastián, porque apenas unos metros lo separan de quienes eligen las mesas de la vereda. Bien temprano, después de hacer el reparto puerta a puerta, él está allí, acompañado por un mate y una pava eléctrica. Por el ronroneo de los motores se entera de los autos que a su espalda esperan el cambio de luces en el semáforo. Su cubículo verde lo enfrenta a una pared de azulejos naranja. Delante de ese fondo, Sebastián recibe, da, conversa, escucha, mira a los vecinos que se acercan, además de vender diarios y revistas.

Un chico de campo

En el siglo XX se podía vivir en la ciudad de Buenos Aires y aun así estar como en el medio del campo. Eso, si pertenecías a alguna de las familias que habitaban la Agronomía. Fue en la década del 70 que al abuelo materno de Sebastián lo contrataron para manejar tractores en el predio de la facultad y le otorgaron un terreno para que construya ahí su casa. Stella, su madre, y Daniel, su padre, vivían en Lomas del Mirador. A poco de casados, el abuelo les propuso mudarse a su flamante estancia y al tiempo a Daniel la facultad lo contrató como chofer. Así fue que un día de 1990, Estela dio a luz a un chico de campo en medio de la ciudad.

“Me acuerdo que los fines de semana la Agronomía se llenaba de gente que iba a pasear y llevaba a sus perros. Nosotros en cambio teníamos un caballo en casa”, Sebastián describe su infancia. “Había de todo alrededor: vacas, chanchos, gansos y búhos”. “Una vez mi hermano, cuando iba camino al colegio, se cruzó con un yacaré que salió de entre los yuyos y se volvió corriendo a casa del cagazo”, los recuerdos se suceden, el amor por esos bichos impregnan sus palabras. “Mi papá me decía que no me encariñe con el chancho porque un día habría que matarlo para comerlo”, dice, y más adelante contará que ahora, de adulto, es vegetariano.

A dos cuadras de su paraíso estaba avenida San Martín. El chico salía de aquel verde inmenso para ir a la escuela y para no mucho más. “Siempre encontraba algo que hacer y todos me iban a visitar a mí, porque ir a mi casa era un planazo”. Afuera, el territorio era ajeno: “Mi primo me cuenta que su mamá le decía cuando nos juntábamos: ¨Cuidado con Sebi, que no sabe cruzar la calle¨.”

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La mudanza

En 1999 una decisión política obligó a la UBA a desalojar a todos los que vivían dentro del predio de la Agronomía. Con la ayuda de un crédito la familia de Sebastián compró una casa en un pasaje de Floresta. Las vueltas de la economía argentina le jugaron a favor, ya que el crédito a tasa fija y en pesos que tomaron durante “el uno a uno” fue licuándose con los años y la inflación.

La urbanidad lo fue ganando a la fuerza. Cursaba el secundario en el Antonio Devoto y la diferencia con sus compañeros era una distancia que le costaba zanjar. “Por ahí ellos iban al colegio con la ropa de moda, con las últimas zapatillas, y a mí eso me importaba tres carajos”, apunta como definición de aquella diferencia. “Yo quería tener la bici, la pelota, mi espacio y listo. No buscaba coincidir, pero el hecho de no encajar te hace mal de chiquito. Muchas veces no hablábamos el mismo idioma. Yo tenía otra inocencia.” Por ese entonces la venta de diarios ya era parte de la vida familiar. A poco de mudarse a la Agronomía, Daniel, cuyo motor en la vida era el trabajo, había buscado llenar el tiempo que le dejaba libre su ocupación de chofer. Época gloriosa para el oficio de canillita cuando internet no existía, la tele era limitada y muchos no desayunaban hasta tener el diario. Durante muchos años se las arregló con un puesto móvil: un caballete y una bici eran todo su mobiliario. Hasta que en el año 2014 por fin le otorgaron el permiso para poner el puesto fijo que hoy atiende Sebastián.

El legado

Los chicos que iban con su mamá o su papá a comprar el diario, hoy son adultos que llegan acompañados de sus hijos, y todo parece parte de un círculo. Sebastián creció acompañando a su padre, luego trabajando junto a él y hace apenas algunos meses Daniel falleció.

Fue inesperado. El barrio entero permaneció en vilo durante el tiempo que duró la internación. “Tuve que armar un grupo de whatsapp con los vecinos para mantenerlos al tanto, porque me daba cuenta que su preocupación era genuina”, cuenta el hijo. Sebastián se cargó el puesto al hombro. Solo los fines de semana un amigo va a darle una mano y su madre con frecuencia le hace compañía. “Todo el tiempo la gente me habla de mi viejo, de lo generoso y bueno que era”, dice, y reflexiona sobre su propia percepción del trabajo en el puesto, ahora que la responsabilidad es toda suya: “A veces me olvido que estoy en un laburo, porque muchos vínculos parecen como de familiares o amigos, no los siento como si fueran solo vecinos, entonces se lleva de otra manera”.

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“Hola Sebastián, te traje este par de bolsas, más tarde vuelvo con más”, le dice un hombre que se acerca al kiosco la mañana del sábado en que transcurre esta entrevista, y deja la carga en una caja grande que se va llenando de donaciones. La tarea solidaria también la heredó de su padre: aprovechando la visibilidad del lugar y la confianza, hacen de puente con la agrupación “Los actos solidarios se contagian”, que se encarga de llevar las prendas donadas a comedores y hogares.

El futuro

A pesar del cariño, a pesar del legado, Sebastián sabe que un día no muy lejano esta historia llegará a su fin. La lectura en plataformas digitales ya superó al papel y los servicios complementarios que los puestos de diarios pueden ofrecer (venta de tickets para recitales, puntos de entrega de correo o cobranzas de servicio) son poco redituables. Sebastián sigue viviendo en Floresta, cerca de la casa materna. Se mudó con su compañera a un departamento que “es grande pero no deja de ser un departamento”, dice, y confiesa: “en mi cabeza no me fui nunca de Agronomía”.  El gusto por la agricultura, por el trabajo manual de la tierra, “me doy cuenta que extraño eso y en un futuro me gustaría conseguir un espacio para cultivar”. Sebastián sueña su regreso a la naturaleza y desde el mostrador del puesto de diarios expresa su ambivalencia: “El hecho de saber que en algún momento tendré que despegarme para siempre de acá, me apega más, porque sé que también va a ser otro duelo muy grande”, reconoce. “Por eso quiero estar para disfrutarlo lo máximo que pueda.”

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