Pasa en toda la Ciudad, y desde hace años. Existen manzanas, cuadras o áreas todavía más pequeñas castigadas por frecuentes, prolongados, insoportables cortes de luz. En el sector que tiene suministro eléctrico la vida se desenvuelve normalmente, mientras en el oscuro todo es caos: no hay iluminación pero tampoco internet, ni heladera, ni aire, ni ventilador, ni se puede cargar el teléfono, usar la computadora o poner un lavarropas.
Nada es sinónimo de confort tanto como la electricidad. Pero lo peor es que, como estos vecinos y vecinas saben bien de la precaria condición eléctrica de sus viviendas, ven subir el termómetro y enseguida temen. Temen porque, si la vida per se cuesta ya bastante, la falta de luz la altera hasta partirla al medio, alimentando además la bronca y la indefensión. Es esa la situación que hace más de una década sufre la zona de Villa del Parque ubicada entre Nazca, Bolivia, Arregui y las vías del San Martín, cuyos vecinos empezaron a juntarse para intentar resolver el problema.
“Creamos un grupo de Whatsapp, hablábamos en la vereda, nos encontrábamos en las esquinas y, si a alguien le volvía el servicio, se ofrecía para cargar los teléfonos o guardar cosas en el freezer”, cuenta Ana Prado, parte de ese colectivo. “En Baigorria al 2700, donde vive mi tía, empieza el calor y se corta la luz”, relata Paula Squassi. “Ella es ciega y vive en un séptimo piso, con lo cual la tengo que traer a mi casa cada vez. Otras cuadras tienen luz, pero a ellos se les corta siempre”.
El último verano estuvo entre los peores. Con ola de calor incluida, y el año nuevo en el medio, los cortes se sucedían y la zona llegó a estar sin electricidad por cerca de seis días. La gente salía de noche a abanicarse y los que tenían la posibilidad, sobre todo adultos mayores, directamente armaban los bolsos y se iban.
Un grupo fue a cortar Nazca y Santo Tomé el 30 de diciembre a las 5 de la tarde, bajo el rayo del sol y con el inesperado apoyo de los automovilistas, que en vez de disgustarse por el incordio les tocaban bocina como apoyo a la protesta. La movida fue completamente espontánea. El chispazo se prendió en Whatsapp pero siguió en la calle, un pequeño grupo avanzaba a ruido de las cacerolas y otros los fueron acompañando. “Estás en tu casa con las ventanas abiertas –describe Ana–, no tenés luz, ni tele, ni la radio, querés romper todo y decís: a la que puedo, me sumo”.

Organizar el reclamo
El reclamo colectivo fue tomando forma. Primero se reunieron en el café de Helguera y Nogoyá y redactaron notas para Edesur, el ENRE (Ente Nacional Regulador de la Electricidad) y el Gobierno de la Ciudad. Ariel, del taller mecánico de Marcos Sastre y Condarco, se ofreció a que quedaran en su local para que todos pudieran pasar a firmarlas.
“Nos encontramos ante un problema estructural, persistente y reiteradamente denunciado –se lee en una de ellas–, sin respuestas eficaces por parte de EDESUR”. También organizaron en el club Villa Sahores un encuentro que en pleno febrero convocó de forma presencial a más de cincuenta familias.
Los cortes, entretanto, seguían. Las respuestas no aparecían. Los vecinos fueron al Consejo Consultivo (“CC”, órgano de participación abierto a vecinos y organizaciones de la comuna) y a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.
“Una de las funciones del CC es canalizar y hacer el seguimiento de las demandas de los vecinos”, detalla Squassi, que además de residente del barrio es abogada. “En función de esa responsabilidad, el CC11 trató el tema en su Asamblea mensual y resolvió participar del reclamo. Así, se presentaron ante el ENRE miembros de la Mesa Coordinadora que ingresaron las notas redactadas por los vecinos solicitando una intervención urgente. También funcionarios de la Defensoría ofrecieron su intervención, siempre en el marco de sus atribuciones”, agrega.
Respuesta oficial
Las notas, según refieren los vecinos, “fueron respondidas de una forma inentendible”. El ENRE (intervenido desde 2020, y hoy en proceso de fusionarse con el ENARGAS en un nuevo organismo) se limitó a enviar una lista de las obras que hizo EDESUR en la comuna y la revisión tarifaria en la que esas obras se enmarcan.
“Queremos hacer un pedido de explicaciones formal, que nos detallen qué mejoras deberían hacerse y compartan un mapa de distribución –marca Ana–, porque cuando vienen las cuadrillas a hacer algún arreglo nadie tiene idea de qué cable corresponde a qué cosa. Y agrega: “El Consultivo y la Defensoría recomendaron agotar la vía administrativa. En eso estamos: reuniendo toda la información y documentación. A la acción judicial la tenemos que impulsar nosotros, creando una asociación civil o juntando firmas. Y lo vamos a hacer, porque queremos que se terminen todas las obras que hacen falta”.

¿Por qué se corta la luz?
El sistema eléctrico funciona en tres etapas: generación, transporte y distribución. Así la energía eléctrica que se produce en centrales (hidroeléctricas, térmicas, nucleares) se traslada por grandes distancias hasta que finalmente se distribuye a los hogares a través de redes de media y baja tensión. Hace décadas que los problemas de suministro radican más que nada en ese último tramo.
Las distribuidoras se quejaron durante años de que las tarifas no les permitían encarar más inversiones, pero al mismo tiempo sucedía otro fenómeno: la construcción desmedida y la suma descontrolada de equipos de aire acondicionado y más artefactos eléctricos hicieron crecer la demanda. Y como la infraestructura no se amplió al mismo ritmo ni de manera uniforme entre los barrios, los transformadores –protegidos contra picos de consumo– “saltan” si se sobrecargan para evitar daños mayores.
Regulaciones y su impacto en la vida urbana
“Los cortes de luz son solo una parte del problema. También falta presión de agua, lugar para estacionar, espacios verdes, incluso sol adentro de las casas”, describen desde de Conciencia Urbana, agrupación socioambiental de vecinos autoconvocados de la comuna 11.
“Es una más de las consecuencias del nuevo Código Urbanístico (CUr) de la Ciudad, sancionado en 2018 y revisado en 2024, que habilitó la construcción en altura en barrios de casas bajas –agregan–. Por eso nosotros pedimos que en vez de estudios de impacto individuales, que son los que presenta cada desarrollador para su edificio, se haga una evaluación ambiental estratégica: un estudio que analice el efecto acumulativo. Si el CUr permite 20 edificios en una manzana, la evaluación debería decir si la red soporta a los 20 juntos, no a uno por uno”.
En su libro «Buenos Aires y algunas constantes en las transformaciones urbanas», el arquitecto Fernando Diez traza un repaso fascinante por diferentes tipologías residenciales de la Ciudad y las relaciona con las regulaciones del tejido que fueron dándole forma, aunque aclara también que estas normas deberían ser la expresión de un consenso. “La regulación –escribe Diez– debe ser el contrato que formaliza el acuerdo por parte de la comunidad para construirlo de una determinada forma y no de otra”.
Urbanistas avezados aseguran que son capaces de «leer» en ciertas cuadras porteñas la huella que dejaron los sucesivos códigos y sus modificaciones, normas que en muchos casos ya no están vigentes y sin embargo permanecen plasmadas en ochavas, edificios de ocho o nueve pisos sobre la línea municipal o torres aisladas rodeadas de jardines. La sucesión de edificios sobre avenidas y ejes de transporte serán, probablemente, la marca de esta época que identificarán algún día las generaciones futuras: grandes moles continuas que, al elevarse hacia la luz, dejaron manzanas enteras en las sombras.
Conciencia Urbana Comuna 11
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Consejo Consultivo Comunal 11
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