Apostar a la empatía

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Silvia Irigaray perdió a su hijo Maxi en la “masacre de Floresta” y hoy brinda charlas a presos en el marco del proyecto Justicia Restaurativa Argentina.

Muchos tal vez no lo recuerdan, otros eran tan jóvenes que ni siquiera lo vivieron. Pero hay quienes todavía tienen grabada a fuego la noche trágica en la que tres pibes de Floresta fueron asesinados a quemarropa en el barcito de la estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca. Fue el 29 de diciembre de 2001, cuando en pleno estallido social la Plaza de Mayo ardía en protestas y el trío de amigos tomaban algo mientras veían en la tele imágenes de los incidentes de la noche anterior, días después de la renuncia de Fernando de la Rúa y horas antes de la de Adolfo Rodríguez Saa. “Por fin una vez les tocó a ellos”, dijo uno en voz alta cuando la pantalla mostró cómo los manifestantes golpeaban a un policía y ahí nomás el suboficial retirado Juan de Dios Velaztiqui, custodio del lugar, dijo: “Basta”, sacó su arma y mató a Maximiliano Tasca, Cristian Gómez y Adrián Matassa, que tenían entre 23 y 25 años. El episodio se conoció como “La masacre de Floresta” y desató en el barrio una rebelión popular. En marzo de 2003 Velaztiqui fue condenado a prisión perpetua, pero Floresta no olvida el crimen que una y otra vez recrea en sus paredes, canciones, marchas y homenajes para esos pibes que ya hizo suyos, los pibes de Floresta.

La marcha de Silvia

Silvia Irigaray es la mamá de Maxi Tasca. El 10 de diciembre de 2004, junto a otras seis madres cuyos hijos fueron víctimas de violencia, fundó la Asociación Madres del Dolor, que preside hasta este año. Luego decidió ir más allá, y empezó a dar charlas a oficiales de la policía. Pero años más tarde su osadía fue aún mayor cuando, invitada por una jueza de ejecución -la doctora María Rodríguez Melluso-, se animó a integrar “Justicia Restaurativa Argentina”, un grupo que hoy convertido en ONG -con el defensor oficial Andrés López como presidente- integra a profesionales de diferentes disciplinas y brinda en cárceles bonaerenses una serie de talleres de reflexión. La idea de fondo es poder reducir los índices de reincidencia, y la llave para eso trabajar las temáticas que afectan a los presos al momento de reintegrarse en la sociedad, desde “identidad” y “vínculos” pasando por “proyecto de vida” y “violencia institucional”. De los nueve encuentros que conforman el ciclo, uno corresponde a “la charla de Silvia”, que dura dos horas y según cuentan los que la presenciaron genera un clima tal que el aire se corta con un cuchillo, se respira incomodidad, nadie bosteza y mucho menos interrumpe aunque sobre el final casi todos lloran y la abrazan y hasta a veces le piden perdón.

De izquirda a derecha: La jueza María Rodríguez Melluso, el defensor oficial Andrés López y Silvia Irigaray.

El trayecto de una vida

“’Perdón’, le dije a la jueza cuando me comentó su idea. ‘¿Usted me está invitando a que vaya a la cárcel?’. ‘Pensalo’, me dijo. Y decidí consultarlo con tres personas allegadas. Dos me dijeron ‘estás loca’. Pero a mi hijo Pablo le pareció genial. ‘Vos vas a hacer catarsis, vas a hablar de mi hermano y de esa bala de mierda que lo fusiló. Pero salís y sos libre, mientras ellos se quedan adentro y los dejás pensando’. Terminé accediendo. Este 2020 estamos por arrancar el séptimo año. Es una actividad que descubrí fascinante con el tiempo”, confiesa, en diálogo con Vínculos Vecinales, Silvia Irigaray.

“La primera vez fue difícil, había veintipico de presos, todos habían matado o robado con armas. Estábamos en círculo. Y no es que yo les digo: ‘Corazón, no vuelvas a hacer esto’, lo que intento es que traten de ver en mí el rostro de la persona a la que lastimaron. Les empiezo a contar que tuve la dicha de enamorarme, casarme, tener a Pablo, a Maxi, un perro, una gata y muchísimo trabajo. Que cada noche, cuando llegábamos, nos contábamos lo que habíamos hecho durante el día. Maxi trabajaba mucho, y así pudo pagarse la carrera. El 17 de diciembre de 2001 se había recibido de Licenciado en Relaciones Internacionales, siempre soñaba con la paz, con estar en una mesa redonda oficiando como mediador. Les voy contando eso: el trayecto de una vida y el de una bala. Ese viernes llegué a casa y me pidió el auto, tenía que ir a sipalki, a la murga y a un brindis de fin de año. También me contó que sospechaba que esa noche se le iba a dar con una morocha que le encantaba. Nos abrazamos, nos dimos un beso y como teníamos por costumbre, nos dijimos que nos queremos. ‘Mañana vengo a desayunar’, me dijo. No lo vi más”.

“De los seis años que estamos con Justicia Restaurativa, ninguno de los presos que escuchó la charla reincidió”, advierte.

Varias veces la vida le dio muestras de que la apuesta a la empatía había sido acertada. Una mañana que manejaba por una ruta del conurbano, mientras esperaba poder avanzar en medio del tránsito atascado, Silvia vio por la ventanilla a un hombre que se le acercaba caminando por la banquina. Cargaba en sus brazos una caja con vasos que intentaba vender a los conductores. Cuando vio a Silvia la reconoció. “¡La mamá de Maxi! ¡Yo la conocí en la carcel!”, le dijo emocionado. “¡Míreme ahora, estoy trabajando!”. Silvia por supuesto le compró vasos.

En realidad, apenas finalizado el primer año de los talleres en las cárceles ella tuvo un indicio de que esto había que seguirlo. “Un muchacho que estaba preso hacía mucho le dijo a la jueza: ‘La mamá de Maxi me hizo acá adentro un click. Quiero terminar la secundaria y estudiar Sociología’. Hoy se recibió de sociólogo, y -ya libre- el año pasado decidió venir otra vez a escuchar mi charla -concluye Silvia-. Esas son las cosas que me pasan”.♦


Foto de portada: Silvia Irigaray en diálogo con Vínculos Vecinales (febrero 2020).

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