Cinco siglos y un festejo en Monte Castro. Capítulo I

De Juan de Garay a Maradona, del monte de espinillos a la Galería Jonte, el cumpleaños de Monte Castro fue la excusa perfecta para meternos en la máquina de tiempo y volver con esta nota. Parte I. Siglos XVI a XIX

De Juan de Garay a Maradona, del monte de espinillos a la Galería Jonte, el cumpleaños de Monte Castro fue la excusa perfecta para meternos en la máquina de tiempo y volver con esta nota. Parte I. Siglos XVI a XIX

Cinco siglos y un festejo en Monte Castro. Capítulo I

De Juan de Garay a Maradona, del monte de espinillos a la Galería Jonte, el cumpleaños de Monte Castro fue la excusa perfecta para meternos en la máquina de tiempo y volver con esta nota. Parte I. Siglos XVI a XIX


Advertencia para lectores: lo que sigue es una ficción inspirada en el recorrido histórico que en ocasión del cumpleaños de Monte Castro organizó la Asociación de Comerciantes y condujo Rossana Castiglione, arquitecta y miembro de la Junta de Estudios Históricos del barrio. Parte de la información utilizada surge de su relato y parte de otras fuentes consultadas por la autora (1).


 

Fue una tarde fría de mayo cuando nos reunimos en Segurola y Jonte un puñado de vecinos y vecinas.  «¿Listos para el viaje?», preguntó la Sra. R. Ella era la encargada de conducir la aventura. Desplegó frente a los ojos de todos un antiguo mapa y no hubo más que mirarlo para que el paisaje se transforme a nuestro alrededor. 

El grupo de viajeros intertemporales en la esquina de Jonte y Segurola, desde donde partió la nave. Un mapa de 1888 fue la brújula que utilizó Rossana Castiglioni para recuperar la historia de Monte Castro.

El sol entibiaba el monte de espinillos y talas en el que nos encontrábamos. La distancia a la ciudad de Buenos Aires era tan grande que pocos llegaban hasta estos pagos, conocidos como “La Matanza”. El panel de comandos de nuestra máquina indicaba “Año: 1588 – Virreynato del Perú”.

Caímos en el momento justo en que se producía la primera transacción inmobiliaria de estas tierras: el andaluz Torres de Vera y Aragón se las vendía a Cristóbal Naharro. Al primero se las había dado el propio Juan de Garay, seguramente en la repartija inicial. El año en que decidió venderlas fue muy importante en su vida: venía de fundar la ciudad de Corrientes y lo habían nombrado “Gobernador del Río de la Plata y Paraguay”. El comprador, Cristóbal Naharro, era cercano a otro que fue gobernador unos años después: Hernandarias (primer gobernador criollo del Río de la Plata nombrado por España).

No parecía que hubiera mucho para ver; un poco aburrido la verdad resultaba ese momento histórico en las lejanías del puerto. Sin embargo, cuando ya nos estábamos yendo reconocimos a un guanaco entre los matorrales. De la nada, llegó una flecha volando que no acertó a su blanco. El mamífero, advertido, empezó a correr y al instante surgió de entre el ramaje un grupo de querandíes vestidos con pieles lanzados a su caza. Volaban las flechas buscando el cuerpo del animal hasta que una lo alcanzó en el lugar preciso y el guanaco se desplomó.

Emocionados por la escena, dejamos a los querandíes para avanzar en el  tiempo. Entramos en el siglo XVIII y llegamos al día mítico: 14 de mayo de 1703, cuando Don Pedro Fernández de Castro y Velazco compra estas extensiones y fija, sin saberlo, la fecha de cumpleaños del futuro barrio Monte Castro.

Entre sauces y durazneros

Don Pedro era un tipo de la alta sociedad. Portaba varios títulos: Caballero de la Orden de Santiago, Alcalde de primer voto (una especie de juez), Alférez real (un alto rango militar), además de tesorero y juez de la Real Hacienda. Con un propietario tan importante, era natural que esta tierra comenzara a ser conocida como “Monte de Castro”. Incluso al arroyo Maldonado lo llamaban “Cañada de Castro”. Aunque él y su familia la verdad que poco y nada andaban por acá. Como todos los ricos, vivían en la ciudad. Sin embargo, construyeron una súper casa que tuvo un rol fundamental en la intensa historia argentina de comienzos del siglo XIX.

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Esto nos contaba la Señora R. mientras accionaba la palanca de la nave intertemporal y veíamos el paisaje cambiar un poco. A los talas y espinillos se le sumaron sauces, ombúes y cantidad de durazneros silvestres. Cerca nuestro, dos hombres negros, seguramente esclavos, los podaban con un serrucho. “Miren el mapa”, nos decía nuestra maquinista, y nos señalaba cuán lejos llegaba la chacra de Castro, que se extendía hasta lo que hoy es Villa Luro, Villa Real, Versalles, Liniers, adentrándose en el actual Municipio de Tres de Febrero.

Los hombres se cargaron el atado de ramas al hombro y empezaron a caminar hacia el oeste. Entre los árboles entrevimos un grupo de construcciones. Confiando en que pasaríamos inadvertidos para esta gente del siglo XVIII, los seguimos. Cruzamos una pulpería, una capilla, un granero y finalmente vimos la famosa casa.

Nuestros guías entraron con la leña a una habitación pegada a lo que intuimos era la cocina. Los muros de la casona eran muy gruesos, el techo de tejas y las ventanas tenían rejas de hierro. Nos animamos a asomarnos y vimos a través de ellas la sala principal, hacia un lado las habitaciones y más allá un patio con más habitaciones. “Este era el casco de la estancia de los Castro que fue demolido en 1940”, nos dijo la Señora R, en voz baja por si acaso pudieran escucharnos, y agregó: “estaba en la manzana de San Blas, Moliére, Virgilio y Camarones”.

San Martín en Monte Castro

Volvimos a la máquina. Siguiente parada: 1776. “¿Por qué ese año?”, le preguntamos a nuestra conductora. “Porque se produce un hecho fundamental”, nos contestó, “la corona española crea el Virreynato del Río de la Plata y establece a Buenos Aires como su ciudad capital”. En el panel de comandos ahora se leía el nombre del nuevo Virreynato y ya podía percibirse más movimiento civilizatorio, incluso en estas tierras lejanas, que todavía no eran urbanas.

A poco de andar estábamos en 1781, “el año de la siguiente operación inmobiliaria”, dijo la Señora R. Casi ocho décadas después los herederos de Castro estaban vendiendo las tierras a Juan Pedro de Córdova, uno al que un virrey le dio el título de Estaquero de Monte Castro. No sabemos qué virrey, pero calculamos que habrá sido Sobremonte, que bien conoció el lugar en ocasión de las invasiones inglesas: cuenta la leyenda que fue en la chacra de Castro donde se refugió y que por eso el barrio de Villa Real se llama así.

Y no solo realistas la utilizaron, también los patriotas se apostaron en la Chacra de Castro cuando iban rumbo al interior. “En junio 1810 acá se alojó Ortiz de Ocampo para organizar las tropas que irían hacia el norte a defender la revolución”, nos contó nuestra maquinista, y nos dijo que San Martín también estuvo, que hay una pintura en el Museo Histórico Nacional que se llama “Revistando en Monte Castro” donde se lo ve a San Martín cuando pasó por acá con su ejército en 1813, para encontrarse con Belgrano en el norte.

Viajar en tren

Avanzando en el siglo XIX, el panel de comandos de nuestra máquina tiró un dato de ubicación más: señaló que estábamos en el “Partido de San José de Flores”. Vimos gauchos galopando a campo traviesa y carretas que llegaban a la chacra por la actual Álvarez Jonte.

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Por suerte no presenciamos escenas de la guerra civil, no degollaron a nadie adelante nuestro, no nos enteramos de la presidencia de Rivadavia ni del día que fusilaron a Dorrego. Pero sí vimos cómo la tierra se fue parcelando; unos cuantos campesinos que cuidaban ovejas, arriaban vacas y cultivaban maíz. “Es que la heredera, Doña Mercedes de Córdova, fue fragmentando la chacra mediante ventas, arrendamientos y donaciones a la Casa de Ejercicios Espirituales –nos explicó la Señora R–. Doña Mercedes murió en 1832 pero ya en la década de 1830 un vecino del pueblo de Flores, juez de paz, llamado Vicente Zavala, había acumulado gran cantidad de estas tierras”.

Nuestra maquinista nos llevó hasta otro momento clave, 1857. Desde ese año, el oeste bonaersense estuvo más cerca de la ciudad de Buenos Aires porque se inauguró el primer tren, que unía la actual Plaza Lavalle con la estación La Floresta. Desde entonces, una cosa era vivir del lado del arroyo Maldonado en que estaba la estación, y otra cosa vivir del otro, en los Montes de Castro.

“¿Buenos Aires ya era la capital federal?”, le preguntó una viajera a la Señora R. “Todavía no”, contestó ella, “la ciudad perteneció a la provincia de Buenos Aires hasta la década de 1880. Con la llamada “Revolución del 80” se federalizó y también se ampliaron sus límites, porque en 1888 los partidos de Flores y Belgrano pasaron a ser parte de la ciudad”.

A esa década estaba llegando la máquina. Todos nos sorprendimos de ver niños y niñas con delantales blancos en la esquina donde ahora está el restaurante Madrilia. “¡Es que esa fue la primera ubicación de la escuela Monte Castro!”, exclamó Susana, otra de las viajeras, docente y directora jubilada de esa institución, y agregó: “El gobierno alquiló esa casa para hacer la escuela en 1884, el mismo año de la Ley 1420 de educación pública, gratuita y obligatoria, y ahí funcionó cerca de cincuenta años hasta que en 1933 se mudó al edificio actual.”

Atardecía cuando los chicos salieron corriendo con sus delantales y se desperdigaron entre la polvareda del camino, las casas de adobe y los árboles frutales. Un viajero con el oído atento nos hizo un gesto de que nos callemos, “shhh, escuchen”, dijo. El viento que soplaba del norte nos trajo el sonido de la bocina de la locomotora de otro tren, el «Buenos Aires Pacífico». Recién inaugurado, cruzaba por las tierras de Antonio Devoto. ♦


> Leé acá el capítulo II <


(1) Otras fuentes consultadas:
– Leticia Maronese: Barrio Monte Casatro, un barrio de Buenos Aires. Capítulo 1
– Ulises Camino, arqueólogo urbano y vecino de la Comuna 10, aportó la información utilizada para redactar la escena de los querandíes y supervisó la veracidad de los hechos y fechas no ficcionados.
Mapa de la Ciudad de Buenos Aires de 1888.

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