“No tenemos límites”

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Con una impresionante lista de actividades, los inquietos miembros de la Red Solidaria Copello se mueven activamente para transformar realidades. Y aseguran: “la comunidad organizada puede enfrentar sus urgencias con más efectividad”.

Por Verónica Ocvirk

Es difícil encontrar una definición lograda de “red”, así y todo intuimos que la palabra remite a una serie de cosas, o de personas, o de instituciones, que más o menos desperdigadas en un territorio actúan en forma coordinada para compartir información, recursos y la consecución de un fin. Y eso es, justamente, la Red Solidaria Copello: un grupo de gente inquieta que desde hace diez años se encarga de detectar necesidades para, de ahí en más, poner en marcha esa trama de conexiones que permitan satisfacerlas. El trabajo que hacen es tan vasto y variado que no resulta simple de describir. Para empezar reciben donaciones que minuciosamente acondicionan y clasifican para poder destinarlas a quienes las requieran, entre los comedores y hogares con los que trabajan en forma permanente y otros pedidos puntuales. Y así es como día tras día trabajan y rebuscan entre bolsas y bolsas de alimentos, ropa, mantas, colchones, artículos de librería, juguetes y hasta elementos ortopédicos, aparte de servicios menos tangibles como trabajos de albañilería, electricidad y pintura. Además, abren al público dos o tres veces por año su tradicional feria solidaria de emprendedores, arman un festejo del día del niño con hogares, un evento de futsal, obras de teatro para chicos y un “té desfile” solidario. Además, tienen un programa de radio semanal (“La Red Social”, los viernes de 13 a 14 por www.radioypunto.com). Además se organiza una “zumba solidaria”. Y además, hacen dos veces por semana sus “recorridas del frío” para asistir durante el invierno a personas que están en situación de calle. Para todo eso están organizadísimos.

Si miramos lo que pasó en la última década es impresionante la cantidad de gente que ha colaborado. Tal vez en nuestros encuentros semanales somos diez, pero trabajando en una feria podemos llegar a ser sesenta. Y cuando aparece algún requerimiento el grupo de whatsapp arde”, cuenta Cristian Avella, uno de sus miembros. Y aclara: “tenemos claro que esto es voluntariado y que no podemos exigir un determinado grado de participación. Cada quien va haciendo lo que puede. En la vida de las personas hay distintos momentos y disponibilidades para colaborar”.

La Red no opera en el vacío. Su sede y ámbito natural es el colegio privado Cardenal Copello de Devoto, aunque en realidad está abierta a todo el mundo que quiera colaborar. La institución educativa les ofrece -en principio- las instalaciones en las que se reúnen todos los lunes y donde reciben y clasifican las donaciones, además de organizar sus tradicionales ferias solidarias y otros eventos deportivos y culturales (hay un teatro precioso con 478 butacas y un auditorio para 230 personas). Pero tal vez el mayor aporte del colegio pasa por su enorme comunidad de 1600 chicos entre cuyas familias van replicándose los pedidos, desde “necesitamos leche en polvo” y “estamos juntando pañales” hasta “quién tendría una camioneta para hacer un flete”.

A veces trabajamos por reacción, aparece una solicitud y procuramos la forma de conseguir lo que piden. Otras podemos ser más proactivos, buscando mejoras para las instituciones con las que colaboramos en forma permanente, como el Hogar Santa Marta de Derqui y el Hospital Pediátrico de Del Viso, entre muchas otras”, relata Domingo Caridi. Y Vivian Galar, una de las fundadoras de la red, agrega: “¿Qué más necesitamos? Muchas veces nuestro mayor problema es logístico, ya que no tenemos móviles propios. Y también andamos en busca de artistas, ya que con el teatro podemos organizar obras y recitales”.

La idea de fondo, lo que los moviliza, es transformar realidades, ser nexo, ir venciendo obstáculos. “No tenemos límites”, aseguran desde la más profunda convicción. Y es que así lo ven todos los días: una casa de indumentaria les regala retazos que, máquina de coser donada y reparada mediante, una colaboradora convierte en ropita para bebés prematuros. Una fábrica de pastas de primera calidad les ofreció bolsas de un producto que si bien estaban en perfecto estado, por cuestiones de estándares la empresa no podía vender. Y entonces, bingo: un comedor del conurbano consume ahora pasta premium. Ellos lo cuentan con tanto entusiasmo, con tanta alegría y ganas, que al que escucha no le queda otra que rendirse ante el hecho de que la gente que dedica parte de su vida al servicio de otros de verdad tiene un temple diferente. Y es más feliz. ♦

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