BAR LA ESPONJA

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¿Qué te ofrece la vida cuando te pasás veinte años atendiendo un bar de barrio? Desde la esquina de Segurola y Camarones, Ariel Martínez y Lorena Chiri cuentan su experiencia.

Por Mariana Lifschitz

Escuchando a Lorena y a Ariel pareciera que tener un bar es un poco como tener un living abierto, al que se acercan clientes que muchas veces se transforman en amigos. Las persianas de esta esquina se levantan a las seis. “A la mañana Ariel suele poner música de sus discos de vinilo –cuenta Lorena- y desde temprano hay gente que trabaja o estudia acá sentada”. Entre los estudiantes hubo uno que se recibió de abogado, absorbiendo el conocimiento contenido en sus libros a la par que bebía su café siempre en la misma mesa del fondo. Y ya recibido mantuvo el ritual, ahora acompañado de su esposa y su hija: “una vez por semana al menos tengo que venir a mi lugar”, le confiesa a Lorena el joven doctor.

También los pequeños deambuladores quieren ir a La Esponja: vecinitos de uno o dos años que cuando pasan correteando por la vereda descubren un laberinto de mesas y sillas que, visto desde su altura a través de los grandes ventanales, no se sabe dónde termina. Cuentan las mamás que los chicos se lanzan directo a la puerta vidriada y se desesperan por entrar. “Yo lo comprobé con mi nieto: le encanta meterse entre las mesas, yo digo que son los futuros clientes”, bromea Lorena.

En años de mayor bonanza económica las mañanas eran de los trabajadores: desde muy temprano se armaban mesas de cinco, seis o tal vez diez personas desayunando; personal de fábricas cercanas, camioneros, barrenderos, repartidores de La Serenísima o Sancor, que arrancaban el día o hacían un break en el bar de la esquina. Hoy Ariel sigue levantando las persianas bien temprano, con la esperanza de que vuelvan los buenos tiempos. Cuenta que para sobrevivir a la crisis “lo que hicimos es cargarnos más laburo nosotros. Antes yo trabajaba seis u ocho horas y ahora estoy trece o catorce. Diez años atrás tuve hasta cinco empleados, hoy para poder mantener el bar abierto, nos repartimos el trabajo entre la familia”.

Tiempo para lo que llena el alma

A pesar de tantas horas tras la barra del bar, Ariel está por grabar el segundo disco de su banda actual, llamada Amethyst. Baterista desde los quince años, como amante del metal pesado fue el líder de una banda que la rompió durante veintidós años en el under porteño, hizo giras por todo el país y también por Latinoamérica, su nombre era Eternal Grave. “Es un estilo que se llama death metal, es la música más pesada que existe en el planeta”, explica Ariel, y agrega: “Con Amethyst hacemos una música más rock setentoso, tipo Black Sabbat, Deep Purple, Motörhead, en la gama del metal pero más tranquilo”.

Estamos sentados charlando cerca de la barra, en una mesa que está dispuesta en fila junto a otras cuatro, del modo en que suele improvisarse una mesa larga cuando entra a un bar un grupo grande. En La Esponja estas mesas siempre están así, listas para recibir a los amigos. “Mi personalidad es de compartir –cuenta Ariel- me gusta sentarme con los clientes a charlar. En estos veinte años hice muchos amigos con los que vamos a jugar al fútbol, salimos a comer, lo más lindo que me dio el bar fue eso: me hizo conocer un montón de gente que si hubiera estado en otro lado me la habría perdido.

¿Cómo fue la historia que los llevó a poner el bar?

Ariel: En realidad este bar es previo a nosotros, tiene un origen que se remonta a los años 40 y en los 70 le pusieron de nombre La Esponja. Llegamos acá en el 2001. En ese entonces yo tenía 25 años y trabajaba en una empresa de máquinas expendedoras. Si bien no estaba mal tampoco era un gran trabajo. Mi papá, que era telefónico, había aceptado un retiro voluntario. Él toda la vida había disfrutado salir a tomar algo, ir a boliches. Entonces ahora que tenía un dinero para invertir, me propuso encarar juntos el proyecto de comprar un bar. Y así llegamos a La Esponja.

Lorena: En el 2001 yo tenía 24 años, ya tenía dos chicos y hacía poco que estaba con Ariel cuando el padre le propone poner el bar. Al principio yo los ayudaba -tenía experiencia en el rubro porque había trabajado en un bar por Mataderos-, después quedé embarazada de mi hija menor y seguía viniendo con la panza, hasta que nació. Durante varios años me dediqué a criarla, y cuando fue más grande pude volver. Lo quiero mucho al bar, tengo afecto por un montón de gente que viene todos los días y que son mi compañía.

Días atrás una joven de 18 años entró a merendar con su novio. Tanto tiempo había pasado que tuvo que presentarse para que Lorena supiera de quién se trataba. “No podía creer que era ella”, cuenta recordando la anécdota. Resulta que a la vuelta del bar, sobre Camarones, está la escuela de música que funciona en horario vespertino en el edificio de la primaria pública Melián. Chicos de éste y otros barrios vienen a aprender distintos instrumentos y esta adolescente había sido una habitué del bar cuando diez años atrás su mamá la traía a tomar clases de violín. “Llegaban directo del colegio, acá se sacaba el uniforme, merendaba y dormía una siesta. Después la mamá la llevaba hasta la escuela y volvía, esperaba en el bar mientras su hija tenía la clase. ¡Se terminaban yendo a las nueve de la noche!, así durante años”, cuenta Lorena.

Como esa niña, muchos chicos de la escuela de música van a merendar a La Esponja antes de entrar a clase. A veces aprovechan a practicar y en las mesas del fondo suenan flautas, guitarras, violines. “Yo soy una agradecida de que nos hayan aceptado –dice Lorena-, porque era un bar muy tradicional de Monte Castro antes que nosotros llegáramos, y que a la gente le guste y quiera seguir viniendo para mí es una bendición.”♦

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