Los armenios de la mercería

El 24 de abril es el “Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos” en conmemoración del genocidio sufrido por Armenia en 1915. Como homenaje, va esta historia de nuestros vecinos: los armenios de la mercería.

Desde la vereda se lee en un cartel tan ancho como toda la vidriera: “ARREGLO DE ROPA”, así en mayúscula con letras rojas. Una bandera que pocos vecinos sabrían reconocer, roja, azul y naranja, está adherida a la puerta del local. Al entrar, el espacio es largo y angosto. Tras el mostrador, cuelgan cordones, elásticos, hilos de colores y demás productos de mercería. Allí está Lusine, aunque también puede que la encuentres sentada frente a la máquina de coser. Si fuera necesario probarse una prenda, en el fondo hay un pequeño vestidor. Gagik suele acompañarla, a veces está en la puerta o hablando con algún vecino.

La historia de Lusine Manukyan y Gagik Kechechyan podría ser la de un joyero y una gimnasta, que se enamoran y viven felices por siempre en su tierra natal Armenia. Pero aquí los terremotos, las guerras y la desocupación desembocaron en un futuro diferente.

Ella 22 y él 34. La prima de Lusine los presentó en un café, en un encuentro premeditado con Galik que hicieron pasar a Lusine como casual. Luego, cumpliendo la tradición, Gagik pidió permiso a los padres de ella para iniciar un noviazgo.

– Ahora también se hace así, incluso entre los armenios que están en Argentina. Por ahí ya no es tan común entre los nacidos acá – dice Lusine.

– Mi hijo seguramente no haga eso – agrega Gagik.

Más de veinticuatro horas de avión separan a Buenos Aires de Gyumri, ciudad armenia donde ellos vivían, cuyo nombre quedó en la Historia porque allí se firmó el tratado de “Gümrü”, con Turquía, que puso fin a la guerra entre ambos Estados en 1920. También conocida por el terremoto del 7 de diciembre de 1988, un desastre que transformó en escombros a media ciudad, causando la muerte de quince mil personas.

Antes del terremoto

La generación de Lusine y Gagik se crió en una Armenia socialista, marcada por el modo de vida que imponía pertenecer a una de las quince repúblicas que componían el bloque soviético. Mientras tanto, las heridas del genocidio que vivieron sus antepasados seguían doliendo, metabolizándose bajo un manto de relativa paz.

“Yo era comerciante y viajaba constantemente a Rusia. Compraba cosas y las revendía en mi país, llevaba desde medias hasta autos”, recuerda Gagik, y detalla: “Se podía comprar uno o dos coches en la fábrica y venderlos hasta dos veces más caro después. Cruzarlos en la frontera no representaba dificultad.”

Te puede interesar
  Comerciantes y más

Gimnasia artística era una de las disciplinas en las que destacaba la Unión Soviética, sus gimnastas brillaban en cada olimpíada y era habitual que las nenas y adolescentes la practicaran. Para Lusine, estar entrenando en el gimnasio es lo primero que le viene a la mente cuando se le pregunta por su infancia en Armenia.

Pero sus lindos recuerdos se ven nublados por el polvo de los escombros. Con el terremoto nada volvió a ser igual y luego, inmediatamente después, fue la caída de la Unión Soviética. “Cada vez había menos trabajo y todo se privatizó. Al quebrarse el bloque socialista las repúblicas pasaron a ser independientes y los beneficios compartidos en salud, educación y deporte se perdieron”, explica Lusine.

¿Por qué eligieron la Argentina?

GAGIK: Yo tenía un amigo que vino en el 91. Había comenzado una relación con una señorita argentina que estudiaba en el conservatorio en Armenia, se casaron y se mudaron acá. Al país lo conocíamos más que nada por Maradona. Yo llegué con 36 años en 1999 y encontré trabajo de joyero en la calle Libertad. Ahí había varios compatriotas, eso era fundamental porque no sabía una palabra de español. Y joyería justo era lo que yo había estudiado, pero nunca había tenido la oportunidad de ejercer. En Argentina tuve esa oportunidad.

Lusine y su hija recién nacida habían quedado en Armenia. Galik les enviaba dinero. Hasta que en 2003 logró juntar lo necesario para comprar dos pasajes y la familia se rearmó en Buenos Aires.

El arraigo

En Armenia el asado se come en brochette y la navidad se festeja el día de reyes. La pareja lleva viviendo la misma cantidad de años en un país que en el otro. Sin embargo, mientras que para sus hijos ésta es su tierra, para ellos todo sigue siendo un poco ajeno. A pesar de que lograron comprar un departamento en San Cristobal, Gagik afirma que al entrar al edificio jamás se siente como en su casa. Y al cruzar la puerta que separa el paliere de la vivienda, hacen un viaje directo. Allí la familia mantiene costumbres y comidas. En la cena, conversan en su idioma acerca de cómo estuvo el día.

Te puede interesar
  La contadora del barrio

Nunca más pisaron Armenia. “A mi hija le gustaría conocer y a mí también me gustaría que vengan sus abuelos, pero son muchas horas de vuelo para ellos”, lamenta Lusine.

Desde la disolución de la Unión Soviética a la Argentina del 2001, la familia atravesó un mundo de cambios. El último fue durante la crisis del 2018. Muchos de los locales de la calle Libertad cerraron y Gagik tuvo que abandonar la joyería. Fue entonces que Lusine, que se encargaba de los chicos hasta ese momento, puso en práctica sus conocimientos de corte y confección, adquiridos en un curso que tomó en una iglesia de San Cristóbal. Junto a una amiga costurera, también armenia, abrieron un primer local sobre Lope de Vega. Y a los pocos meses agrandaron el negocio con el local de Jonte y San Nicolás. Así, el tiempo va acomodando todo.

LUSINE: Cuando llegué no entendía nada del idioma, mi hija Lilit iba al jardín y se me hacía muy difícil ayudarla. Yo siempre le decía ¨escuchá bien, porque nosotros no entendemos nada, vos me decís qué necesitás en armenio, yo te lo explico y vos lo escribís en castellano¨. Salió bien porque desde los doce años siempre la eligieron mejor estudiante y compañera. Ahora ella me ayuda a mí y me dice que me quede tranquila. Le falta poco para recibirse de psicóloga en la UBA. La situación con mi hijo Gregorio, de once años, es distinta. Él nació acá, me cuesta que le guste el colegio, pero le apasiona cocinar y dibujar.

 ¿Cuál es su sueño?

LUSINE: Que cambie algo, no solo superar el coronavirus, sino que haya más paz y tranquilidad. Nosotros tenemos trabajo, una casa, ahora estamos viendo si podemos mudarnos a este barrio, no necesitamos mucho. El sueño es que mis hijos estudien y puedan trabajar y vivir tranquilos. ♦

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *