Por los pasillos de la Chavi

¿Qué pasa cuando a las necesidades de antes se suma la pandemia? En San Blas y Andrés Lamas, los vecinos de La Chavi se organizan.

“Esto es como una mini villa, no tenemos idea de la cantidad de personas que viven acá adentro”, lanza Daiana desde la puerta de rejas negras, la única vivienda de la Chavi con salida directa a la vereda, distinta al resto porque no se accede a ella por los pasillos.

En total, viven en la Chavi entre doscientas y trecientas personas. Si bien hay familias que se han instalado hace décadas, otros están en forma intermitente o circunstancial. “Cuando fuimos con el Cesac 34 a hacer un relevamiento, pudimos constatar un número de treinta y cinco familias, de ellas tenemos los datos de un responsable por familia”, detalla la comunera Victoria Pugliese, quien, junto a su compañero de bloque Gastón Fernández, siempre acompañan las acciones de la Comuna en este lugar.

Vecinas en los pasillos de La Chavi.

Es un jueves de sol en medio de la cuarentena. Los vecinos están avisados que vendrá personal de salud del Cesac 34 a hablar con ellos. Una veintena de personas de edades variadas arman un amplio círculo en la vereda, frente a las puertas de entrada a los cinco pasillos. Manteniendo la distancia social, escuchan a dos enfermeras. Ellas toman datos para averiguar si hubo contacto estrecho con casos positivos de covid y reparten artículos de higiene. Al mismo tiempo, remarcan los cuidados necesarios y piden que les avisen si algún vecino o vecina llegara a tener síntomas.

En la reunión “hablamos sobre la necesidad de no aflojar con los cuidados”, cuenta la comunera Victoria Pugliese.

Un consorcio muy particular

Es como una mini villa pero no es una villa. Al estar disimulada por una fachada parecida a la de cualquier ph medio deteriorado de una calle tranquila de Buenos Aires, pocos saben de ella en el barrio. “Pero es una mini villa”, insiste Daiana, “de algunos de los pasillos ves salir personas por doquier todo el tiempo. Vienen familiares y se sigue llenando; hay problemas de convivencia todo el tiempo”.

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“Si bien nosotros somos ¨ocupa¨, eso no significa que no paguemos los impuestos”, aclara Sandra, vecina desde hace quince años. “Que quede claro que nosotros no estamos enganchados a la luz. Acá podés notar que están los medidores”, agrega como si fuera necesario mostrar pruebas para que le crean.

Lxs vecinxs reclamaron que el gobierno de la ciudad los ayude con artículos de limpieza.

La historia de La Chavi comenzó hace cuarenta años. Cuentan los residentes más antiguos que en el lugar había un depósito abandonado de cajones de alambre, de esos que se usaban para acomodar las botellas de vino. El espacio se fue subdividiendo en habitaciones y con cada habitación se construía un baño.

La estructura edilicia es precaria, tiempo atrás sufrieron el derrumbe de una escalera. “El agua entra a baldazos en mi casa cuando llueve fuerte, y con mi hijo tenemos que mudarnos arriba porque abajo se inunda”, cuenta Daiana agregando su temor a que el agua entre en contacto con la electricidad. Y también el agua de la canilla es un problema: “sale sucia y nadie hace nada, nadie lo dice, nadie se preocupa en solucionarlo”, se enoja, resistiéndose a naturalizar todo lo que está mal.

Una de las vecinas muestra la casa en la que vive hace cuarenta años, cuando la Chavi recién comenzaba a ocuparse.

La unión hace la fuerza

“Armé un grupo de whatsapp de vecinos en el que ya estamos cuarenta personas. Empecé con los más cercanos, seguí con los que no me hablaba y después integré también a los que me odiaban”, apoyada en las rejas negras, la puerta abierta de par en par, Daiana es una mujer de cuarentipocos dispuesta a tomar la sartén por el mango, y comandar la batalla. “Trato de hacer lo imposible para que nos juntemos, porque la unión hace la fuerza”, dice, apropiándose de una frase que en su boca se llena de sentido.

“Armé un grupo de whatsapp de vecinos en el que ya estamos cuarenta personas. Empecé con los más cercanos, seguí con los que no me hablaba y después integré también a los que me odiaban”, dice Daiana.

Daiana Campos en la entrada de su casa.

Antes de la pandemia Daiana tenía planes de organizar un comedor para los chicos de La Chavi. Luego de meses de cuarentena, el proyecto tomó la forma de un “merendazo” los martes a la tarde y de una “olla solidaria” los viernes a la noche. Para la tarea cuenta con la ayuda de su familia y algunas vecinas. A la hora de servir la comida, recurre al grupo de whatsapp: “En ese momento se complica porque viene toda la gente junta, algunos que no conozco, entonces pido en el chat y vienen los vecinos más cercanos a ayudarme para poder repartir.” ♦

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CONTACTO DE DAIANA CAMPOS. Quienes puedan donar alimentos para la olla solidaria, pueden comunicarse con con ella al teléfono 15 3418-3812 o acercase a su casa: San Blas 1982 (rejas negras).

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